Hoy la comunidad católica celebra la solemnidad de Todos los Santos. Un día en el que se pone en el escaparte a los cristianos que son modelo de vida. Personas que han sabido vivir el cielo en la tierra.

Todos los santos

Más allá de ser un día triste es una ocasión propicia para tener en el horizonte la dimensión de la eternidad. De la vida eterna.  Existe frecuentemente un contraste entre lo que aparece a la mirada superficial de muchos hombres y lo que ven los ojos de Dios: la rectitud del corazón, su pureza, la santidad. La misma muerte es portadora de un saludable amaestramiento. Obliga a mirar a la cara la realidad, empuja a reconocer la caducidad de lo que parece grande y fuerte. Frente a la muerte pierde interés todo motivo de orgullo humano y resalta en cambio lo verdaderamente importante en la vida: vivir plenos. Es lo que han experimentados los santos. Y lo que los cristianos están llamados a cultivar y cuidar en la vida gracias a la vivencia auténtica del Evangelio.   En él se descubre que Dios es la verdadera sabiduría que no envejece. La riqueza auténtica que no se marchita. La felicidad a la que aspira el corazón de toda mujer, de todo hombre.