De entre las aportaciones de Mircea Eliade sobre el espacio sagrado cabe destacar la idea de la oposición entre el cosmos (mundo) y el caos.

El Espacio Sagrado

En su obra "Lo Sagrado y lo Profano", Eliade atribuye una característica positiva al cosmos, en relación con lo sagrado, por constituir un espacio habitado frente al resto, definido como un espacio extraño y caótico.

En el primer caso, el espacio se constituye en un orden armónico por haber sido consagrado, mientras que en el segundo caso se trata de espacios sin estructura o amorfos.

El espacio sagrado, afirma Eliade, es el único real, pues orienta hacia el centro del mundo, frente al caos del resto del espacio homogéneo, es decir, del espacio profano. Cuando trasladamos estas reflexiones al nivel del comportamiento humano, podemos percibir como la ausencia de vivencia religiosa, que unifica nuestro mundo interior y da sentido a nuestra existencia, se traduce en un estado de fragmentariedad, de desorientación y de falta de sentido, en los que viven desde la dimensión profana de la realidad.

El territorio habitado, organizado y conocido del cosmos, por su relación con lo sagrado, permite la comunicación permanente con el cielo, por una abertura hacia lo alto. Dicha comunicación con el cielo se expresa con imágenes como la de la montaña o la de la escala (Jacob) que posibilitan el acceso a lo alto.

En nuestros días, las sociedades industrializadas han desacralizado el cosmos. Las casas han adquirido un carácter funcional, por lo que se suele cambian de ubicación tantas veces como sea necesario según las circunstancias del momento; por el contrario, en todas las culturas tradicionales, la habitación conlleva un aspecto sagrado que refleja el mundo, ya que el ser humano religioso desea vivir en el centro del mundo, es decir, en lo real.

Por su parte, el templo, es la reproducción terrestre de un modelo trascendente, es el lugar santo por excelencia que resantifica continuamente el mundo porque lo representa y lo contiene.

El templo cristiano se concibe como imitación de la Jerusalén celestial. El interior es el universo, el altar es el paraíso, que se encuentra al este. Al oeste, la región de las tinieblas, morada de los muertos que esperan la resurrección. La parte de en medio del edificio es la tierra y las cuatro partes del interior simbolizan las cuatro direcciones cardinales.

La experiencia del espacio sagrado, concluye Eliade, posibilita la fundación del mundo. Allí donde lo sagrado se manifiesta en el espacio, se desvela lo real y el mundo deviene en existencia. Por eso, el ser humano religioso no puede vivir sino en un mundo sagrado, porque sólo un mundo así participa del ser, existe realmente.