Existe un deseo de inmensidad que no encuentra más alternativa que el sexo, el cansancio sin límites o la química anestesiante.
Los servicios estadísticos del Estado acaban de poner en actualidad un dato tan oportuno –dadas las fechas– como espeluznante. De cada cinco conductores, uno lo hace drogado. Además, la inmensa mayoría de ellos son jovencísimos, casi con los años justos para obtener el carnet de conducir. Hay diversidad de opiniones, claro, pero lo curioso es que la inmensa mayoría de los españoles carece de opinión. O sea, o no se han enterado o prefieren no enterarse. He oído decir a personas de cierto relieve intelectual que las estadísticas nunca son fiables. Alguna vez se apela a la broma. Aquella broma manida, según la cual, si usted se come un pollo y yo le miro, estadísticamente cada uno de nosotros habrá comido medio pollo.
Efectivamente, las estadísticas no son ciencias exactas, pero, sin duda, marcan tendencias e indican caminos. Son elocuentes indicadores de los derroteros sociales. En este caso, nos hablan de enormes vacios. Hay un abismo en el alma de las nuevas generaciones que clama a Dios en la inmensidad del hastío. Existe un deseo de inmensidad que no encuentra más alternativa que el sexo, el cansancio sin límites o la química anestesiante. El corazón del hombre es una inquietud sin descanso. Nadie lo ha definido mejor que San Agustin, aquel inmenso pensador que buscaba paraísos en cualquier recodo de la vida. Al final, encuentra a Jesucristo y escribe: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti” Es urgente repasar propuestas, repensar. Cualquier cosa es posible para el ser humano menos vivir sin Dios
