Estoy escribiendo este artículo la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, día en el que la Iglesia celebra el día de los abuelos, o sea mi día y el de mi marido.
Todos aquellos abuelos que me lean estarán de acuerdo conmigo, en lo maravilloso que es llegar a serlo. Cuando ya has criado a tus hijos, les has dado todo para que ellos empiecen a construir su propia vida -al igual que hicimos nosotros en su momento- la mayor satisfacción es ver la prolongación en tus nietos, ver que lo que prometimos el día de nuestra boda, está realizado. ¡Hemos formado una familia! Ellos se encargarán de continuarla.
Pero no es sólo eso, los abuelos de hoy, tengo que decirlo, somos “todo terreno”. Por el ritmo de vida que todos llevamos, hemos tenido que volver a dar biberones, lavar culetes, llevar a los nietos al colegio o al autobús, a pasear, en definitiva volver a criar. Pero no importa, pues eso nos ha rejuvenecido. Nos hemos sentido y nos sentimos, útiles, que no utilizados. Y qué decir del cariño que te dan, que no está pagado con nada.
También nos hemos puesto al día con la play, el ordenador, etc. y todas las maquinitas modernas. ¡Faltaría más! Cuando ahora que ya son adolescentes, entran por casa te dicen cuánto te quieren y te colman de besos, ni qué decir tiene que se nos cae la baba y sientes tu labor recompensada.
Antes he dicho que los abuelos de hoy somos “todo terreno”, porque yo tengo grabada la imagen de los míos, con mis años, sentados en sendas butacas, de manera patriarcal. Indiscutiblemente eran otros tiempos y otra forma de vida, quizás. Nos faltaba esa confianza mutua que ahora sí nos tienen nuestros nietos.
Por eso me dirijo a todos los abuelos, para desearos felicidades, y que disfrutéis a tope con ellos.
