Se cumple el primer aniversario de la muerte de una chica cantante rokera que deseó morir.

Amy

Y murió muy joven quizá porque se creyó demasiado vieja para seguir existiendo. Me refiero a Amy Winehouse. Ganaba mucho dinero. Era una mina. Cada grito suyo, antisistema, valía una fortuna para el sostenimiento del sistema. Es la gran paradoja contemporánea.

Nadie sabe, en euros o dólares, dónde termina la rebeldía indignada y empieza el encanto de la elegancia conservadora. El dinero -¡hay que ver!- se escurre de muchas maneras y siempre termina en los mismos lugares de la tierra. Tiene tendencias y caprichos. Por mucho que se le fuerce termina bajo las mismas banderas. Es blanco, occidental y acumulativo. Ama los reservados, las transacciones a media luz y el discreto silencio de las cajas fuertes. Amy vestía muy mal, los chicos rebeldes van de harapos y porros, mientras se mantienen a medio pelo. Luego, en mayores instancias evasivas, inspiran a los mejores y más adinerados modistos del mundo.

Muchos medios de comunicación han recordado a Amy por estos días. Larguirucha, canija, con aire de pájaro a punto de caer sobre un tejado… Era muy personal, inconfundible. Amy anduvo en busca de la felicidad en campo yermo. Estoy seguro de que deseaba a Dios. ¡Estoy seguro! Pero un mundo sin árboles, que mide todo en tantos por ciento, incluso las distancias del corazón, le cerró el camino. Y se fue cualquier día cuando ni la noche ni la aurora le trajeron incentivos nuevos.

Rezo por un mundo lleno de Amys. Y pienso que la misericordia de Dios es mayor que cualquier infierno de Amys fugaces.