Cuando la locura altera el alma humana, los polos de esa brújula puesta por Dios en la intimidad del hombre, la que señala el bien y el mal, pierden la orientación.
Pues se les conoce como psicópatas pero el diccionario de la Lengua Española apenas arroja explicación sobre el término y los expertos tampoco van mucho más allá. Por ejemplo, dicen que la psicopatía es una enfermedad de nacimiento que se caracteriza porque el que la padece no siente remordimientos ni conciencia del bien o del mal; además, es profundamente egocéntrico y cosifica su entorno. O sea, no percibe personas alrededor sino sólo cosas. Da escalofríos. Parece una enfermedad más próxima a la insensibilidad moral que al análisis clínico.
En Denver, un muchacho casi adolescente, armado, penetra en una sala de cine por la puerta de emergencia y dispara contra la masa de espectadores que se disponen a ver la película. ¿Por qué? No hay porqués. No existen píldoras. No existen síntomas previos ni remedios posteriores; sólo la frialdad de una etiqueta: “psicópata”.
Hace unos años, dos psiquiatras ingleses, Laring y Cooper, escandalizaron al mundo de la ciencia con un comunicado inaudito. Dijeron que la mayoría de los tenidos por dementes son cuerdos que pugnan por escapar de una sociedad enloquecida, algo así como la reacción de una persona normal encerrada en un manicomio. Quizá los psiquiatras fueran demasiado lejos, pero algunas veces da la impresión de que nuestro mundo vive a contracorriente de toda lógica.
Cuando la locura altera el alma humana, los polos de esa brújula puesta por Dios en la intimidad del hombre, la que señala el bien y el mal, pierden la orientación. Pero, como cualquier enfermedad, evoluciona ante el tratamiento correspondiente. Da la impresión de que el psicópata es otra cosa. Parece que lo genera esta sociedad desprovista de valores espirituales, que cree haber superado la trascendencia.
Nacen así, dicen los médicos. Puede ser. Es más, así será. Pero nuestra cultura, servidora del dinero, competitiva y violenta, egoísta, ajena a la misericordia, que confunde el amor con la lujuria, es el mejor caldo de cultivo para su desarrollo.
