Un periódico español de gran difusión destaca en primera página la historia de una niña, Sakia, rescatada de la muerte con crema de cacahuetes.

Crema de cacahuetes

Con dos paquetes de esa crema, concretamente. Ha sido en Nigeria, una de las zonas del mundo más castigadas por la pobreza y el hambre. No sé cuantos lectores se han detenido más allá de un minuto en la historia de Sakia. Al fin y al cabo, nuestro primer mundo empieza a llenarse tanto de Sakias huesudas que lo sorprendente, es decir, lo noticioso, se difumina en el espacio de la rutina. Lo rutinario no merece demasiada atención.

En línea recta, Nigeria nos cae a unos pocos miles de kilómetros. En distancias contadas mediante el tiempo histórico anda bastante más allá de la Revolución Francesa. Lo digo porque, por estos días, conmemoramos el inicio de la gran marcha hacia la Bastilla que puso fin al mundo antiguo, al de las desigualdades e injusticias. A partir de aquella revolución, iniciada un 14 de julio, hemos empezado a percatarnos de que los seres humanos somos iguales, ¡hay que ver! Uno se pregunta con evidente falta de sentido común, ¿y las Sakias? ¿Por qué existen Sakias después de la Revolución Francesa? Pues nada, ahí están. Se les pone el cabello sucio ceniciento a los seis años –el hambre no tiene sentido estético– y mueren, o toman crema de cacahuete que les da un misionero desbrujulado por mor del amor. Como decía, lo rutinario no entra en el espacio de la sorpresa. Y sin sorpresa-noticia, los periódicos se quedan descabezados. El Apóstol san Pablo vivió muy intensamente este círculo cerrado. Decía: «Aquello que quiero no hago y lo que aborrezco eso hago». Enseguida señalaba la salida del laberinto: ¡Jesucristo! Puso el dedo en la llaga, hombre. Si el Señor no cambia los corazones, las revoluciones, sea cual sea su nacionalidad, no acaban con las Sakias del mundo. Los Mercados, por ejemplo, andan descaminados en este sentido. No dan con ninguna Sakia.