En pleno verano, lugar para el descanso, incluido el del pensamiento, aparece el llamado "Boson de Higgs".

El Bosón

Si tenemos en cuenta la ignorancia que sobre éste y otros miles de asuntos posee quien esto escribe, me gustaría salir del paso diciendo que se trata de la comprobación de una teoría que, hace tiempo, formuló el físico Higgs sobre el origen de la materia.

Los periódicos se extienden en páginas enteras sobre el hallazgo y su pormenorización explicativa. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría lectora se queda como estaba antes de penetrar en este abismo de la ciencia. Solo algunos eruditos han sido capaces de asimilarlo. Como ocurre siempre.

En cualquier caso, no cabe duda que el Bosón tiene morbo. Pone al hombre contemporáneo, cada vez más alejado de las verdades de la fe, ante la hipótesis de la inexistencia de Dios. ¿Da igual? Los caminos intelectuales y morales de la modernidad eluden el planteamiento. Sólo de vez en cuando, Dios aparece en el horizonte. Éste puede ser uno de ellos.

Dios, el Dios personal de Jesucristo, interpela. Es verdad que el escepticismo asfixiante, propio de la petulancia actual, macera la conciencia de tal forma que su voz deja de sonar. Pero en medio del materialismo, Dios, el único Dios, el que es Amor, sigue respondiendo. Él contesta a la pregunta fundamental y trascendente.  No precisa de comprobaciones. Dios se revela ante la pregunta sincera. No calla porque –conviene insistir– Dios es Amor.