Todos los periódicos se ocupan de un feliz aniversario; la liberación del funcionario de prisiones, llamado Ortega Lara, al que ETA mantuvo encerrado en un zulo durante casi dos años.

La patria

Perdón por la insistencia: dos años en un agujero de, más o menos, cuatro metros cuadrados. No sé si puede medirse la angustia. Seguramente no. En esta época donde parece que nada escapa a la máquina, hay cosas que aún revolotean sin control por el alma humana. Por ejemplo, la patria. La patria es más que la nación, que el Estado… Tan indefinible, en fin, como la misma angustia, que, a no dudar, sufrió Ortega.

No pretendo hacer memoria. Los malos recuerdos perturban la esencia del perdón que es el olvido. Si menciono aquel suceso es porque las causas que lo motivaron siguen vivas y actuantes; tan venenosas como entonces.

En nombre de la patria vasca han muerto ya más de ochocientas personas y lo tremendo es que los españoles, en general, no llegamos a percibir con claridad el origen de tanta violencia. Ninguna patria -¡ninguna!- vale más que una vida ni que el dolor humano. Las piernas de Irene Villa, por poner un ejemplo, son más valiosas que cualquier trozo de tierra, incluyendo en él su cultura o la nostalgia histórica que la acompañe.

Bien, ahí está otra vez el morbo de las nuevas elecciones vascas. Conviene advertir que nada es más importante que el diálogo, que la negociación a toda costa, que apagar para siempre el odio y sus secuelas de rencor. La patria va después de estas cosas.