El caso es escapar, correr hacia vaya usted a saber dónde. Huir. Es el signo identificativo de unos tiempos en los que no hay quien soporte la cárcel del yo.

La velocidad

Y empieza el verano. No el de la naturaleza que hace tiempo pasó a recordatorio de almanaque, sino el que rompe los horarios y silencia los despertadores…

Llega el momento de la velocidad. La velocidad es una diosa insaciable. Como todas las divinidades inventadas por el hombre es extraordinariamente cruel. ¿Por qué? A la fuerza, debe de tener relación con el corazón aunque no esté relacionada entre las enfermedades cardiovasculares. La velocidad es una cucaña, un guiño del paraíso que al final -¡hay que ver!- no tiene hojas verdes ni flores en arco iris sino parkings.

El asfalto es una risa, no una sonrisa; el altar de la velocidad donde se inmolan miles de vidas veraniegas. La velocidad es una diosa gris, rectilínea, inmisericorde. Pide sin descanso contribuciones de sangre y ofrece un rato de libertad. Extraña libertad; una sensación -emoción, quizá- que debe vivirse fugaz e individualmente. El caso es escapar, correr hacia vaya usted a saber dónde. Huir. Es el signo identificativo de unos tiempos en los que no hay quien soporte la cárcel del yo.

Los místicos vivían las delicias de unas “moradas” junto a Dios. Se encerraban con Dios. Sí; ¡vive Dios en las moradas interiores, no en las cárceles egoístas de la sociedad de consumo donde muere la persona y triunfa el colectivismo! Vamos a correr que la felicidad no se mide en paz sino en manecillas de cuentakilómetros. Sin embargo, algo nos dice que es preciso escoger vías alternativas; atajos de descanso. Es necesario encontrarse con el ser humano.