He llegado a esta conclusión después de cierta experiencia vital: “A los hijos no los educamos; nos imitan”.

A los hijos no los educamos

Llevo muchos años comentando esta frase en cuantos foros me permiten expresarla. Nos encontramos ante el debate de la pérdida de valores de la sociedad, que se va incrementando a medida que se suceden las generaciones. Hago la salvedad de que no se pierden los valores en general; se cambian los valores tradicionales por los que nos transmiten los “cerebros pensantes” que basan los mismos en el tener y el gozar, no en el ser y compartir.

Y en ese juego entramos los padres y los abuelos. Queremos que en el colegio y en las catequesis transmitan a nuestros hijos y nietos las ideas que nosotros no practicamos. Al final, si tú eres egoísta, insolidario y, por consiguiente, practicante del “primero yo”, “todo vale” y “viva la pepa”, tus descendientes acabarán -como nos ha pasado a casi todos- pareciéndose a ti. Especialmente en los defectos, que son más fáciles de asimilar que las virtudes.

De padres violentos, saldrán hijos, cuanto menos, gritones; de padres jugadores, malhablados, envidiosos o bebedores, saldrán generaciones con los mismos defectos. En una palabra, tan sólo podemos educar con el ejemplo. Y en el aspecto religioso, más aún. Si vivimos nuestro cristianismo con alegría y nuestros hijos ven que ese camino les lleva a la felicidad, procurarán, antes o después, con crisis o sin ellas, acercarse a la comunidad en la que han vivido, crecido y algo habrán mamado.

Observad cómo, a medida que nos vamos haciendo mayores, nos vamos pareciendo más a nuestros progenitores. En nuestros defectos y en nuestras virtudes. Ésa es la buena o mala leche que hemos mamado.