¿Por qué perseguirnos? No se puede eliminar a la Iglesia. Es mala práctica; se pierde el tiempo. La Historia, que es pura enseñanza, lo demuestra sin lugar a dudas.
Determinada cadena de televisión dedica parte de sus programas a desarrollar una campaña sistemática contra la Iglesia. Resulta curioso porque no se trata de un casual encuentro entre la actualidad religiosa y la social, de donde pueda surgir cualquier crítica, sino de una sistemática búsqueda de ocasiones que hagan posible el comentario expresamente destructivo.
Suele llamarse -o encubrirse- bajo el manto de “libertad de expresión”. Apenas sí merece la pena puntualizar que esta libertad, la maravillosa libertad de expresión, forma parte del desahogo espontáneo y sincero de alguien con respecto a algo que considera manifiestamente mejorable. Con la libertad de expresión, quizá la más humana de las libertades, no se pretende destruir, sólo mejorar la realidad. Evidentemente, no es éste el caso. Por ello, no hay más remedio que buscar el motivo en otra parte. Es decir, establecer las causas que producen el permanente rechazo de esta cadena televisiva a la actividad de la Iglesia. ¿Existen tales causas?
El mundo nuestro, eso que ha dado en llamarse cultura contemporánea, camina siempre sobre razones pragmáticas, o sea, utilitaristas. Nada queda al dominio de los sentimientos. Por puro romanticismo no trabajan ya ni los poetas. ¿Entonces? No lo sé, pero, sin duda, algo hay detrás de esta verdadera persecución.
La Iglesia es el último reducto donde la gente se entrega a los demás por razones tan poco razonables como la Fe en Jesús y los imperativos de la conciencia. Razones tan lejanas al manejo del día a día como el amor. La sicología moderna ha tratado de definir a la conciencia. Difícil tarea. Definir es atrapar algo entre las rejas de una jaula de palabras. ¿Por qué perseguirnos? No se puede eliminar a la Iglesia. Es mala práctica; se pierde el tiempo. La Historia, que es pura enseñanza, lo demuestra sin lugar a dudas. Cuando el Señor llama al gran perseguidor, San Pablo, le dice “dura cosa te es dar coces contra el aguijón”.
