Los intereses sólo unen intereses. A los pueblos los ensambla un espíritu común de donde nacen ideales identificativos.
Dicen que las conferencias que se pronuncian por la mañana suelen tener mayor peso que las de la tarde. La razón -siguen diciendo- es que, por lo general, a las vespertinas no acude la prensa. Es una opinión que, sin duda, tiene sus bases y razones. No es éste el sitio para analizarlos, pero recuérdese que los periódicos y audiovisuales tienden a condensar en las menos palabras posibles los elementos medulares de cualquier exposición. Así que, en resumen, mejor por las mañanas. Sobre todo, si se trata de asuntos tan candentes como la consolidación de Europa. De eso habló en Málaga, y por la mañana, el profesor de la Universidad de Salamanca, don Juan Cantó Rubio. Exactamente de “Las raíces cristianas de Europa”.
Me llama la atención el hecho de que, por estos días, grupos diversos, tertulias, comentaristas, etc. se interesan en ello. Antes de nada, cabe preguntarse ¿qué es Europa? ¿Existe? Pues salvo la concurrencia de fronteras y el espacio geográfico habría que contestar “no”. Los latinos le dieron una lengua común y una civilización determinada que se fragmentó cuando desapareció el imperio. Quien amalgamó Europa y le dio un alma común fue el Evangelio.
El pensamiento cristiano enseñó a la aún incipiente Europa a sentir al hombre como miembro de una familia universal a la que el mismo Dios había conferido una dignidad única entregando por ella a su propio Hijo. Y Jesucristo, el verdadero centro de la vida, llamaba al perdón, a la misericordia, al amor. Frente a un mundo de violencia y venganza el Evangelio llamaba al olvido de todo rencor. Sólo la dignidad del hombre es la base de lo que hoy llamamos democracia. Algunos insisten en la democracia como algo originado en Grecia, en la Grecia clásica. Es falso. No caben los argumentos en el ámbito de un artículo, pero quien quiera acercarse al gran Platón sin prejuicios, se dará cuenta de que la democracia está basada en la dignidad del hombre y eso sólo es imputable al cristianismo.
Europa fecundó nuevos pueblos. Creó y recreó nuevas culturas. Pero han pasado muchos siglos, se han impuesto muchas alternativas, algunas con propuestas redentoras. Hoy, como dice Kurzio Malaparte -el olvidado escritor italiano- Europa es una madre marchita incapaz de parir nada nuevo. Pero Europa siente nostalgia de su pasado cristiano y busca en el euro, no en el cristianismo, los fundamentos de su unidad. Ocurre, sin embargo, que los intereses sólo unen intereses. A los pueblos los ensambla un espíritu común de donde nacen ideales identificativos.
