Las palabras del Papa, que recogen cierto sentimiento universal de miedo a la aparición de un nuevo ser humano sin señas de identidad, apasionan tanto como angustian.
Según todas las referencias el Papa ha puesto un énfasis especial, desacostumbrado, en la clausura del Congreso Mundial de la Familia. Algún comentarista entiende las palabras de Benedicto XVI como una especie de señal de alarma. Son opciones, claro, y como tales, interpretativas. Pero no cabe la menor duda de que algo profundo y preocupante está sucediendo en nuestra sociedad sustentada sobre una pirámide de tantos por ciento, que enciende todas las luces rojas en el camino al futuro.
La familia es el ámbito de la generosidad, ese valor sin cotización en bolsa cuyo ejercicio espontaneo humaniza las relaciones o, dicho de otra forma, hace verdaderamente humana cualquier relación. Es que la generosidad sin límites es una consecuencia del amor, y el amor no tiene explicación. Creo que el amor es lo verdaderamente identificativo del ser humano; lo que pone en evidencia su hechura a imagen y semejanza de Dios. Actualmente se bastardea el término “amor”, pero no deja de ser otra cosa que un signo de los tiempos, uno más.
Poco nuevo se puede decir ya sobre la familia. Quizá una propuesta reflexiva: nadie la ha inventado, el mismo Dios creador la consideró necesaria: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2, 18.)
La familia está herida. El hombre está herido. Las palabras del Papa, que recogen cierto sentimiento universal de miedo a la aparición de un nuevo ser humano sin señas de identidad, apasionan tanto como angustian. Porque la familia no tiene explicación humana. Ésta es sin duda la razón de su permanencia en el tiempo.
