El horror de un terremoto hace pensar. Con qué intensidad deja huella el dolor en el pensamiento del hombre moderno es algo discutible.

Terremoto en Italia

Nadie ha inventado un aparato capaz de medir el impacto en nuestras conciencias del mal ajeno, pero no cabe duda que esta cultura anestesiante reduce poco a poco nuestra capacidad para salir de los límites de la geografía del yo a que nos somete la cultura contemporánea.

Me refiero a la catástrofe de la Emilia Romagna. Ahí mismo, en el norte de Italia. Alguna vez se ha dicho que uno de los elementos decisivos para medir la respuesta emocional al daño es su proximidad. No, no es así. Los últimos cambios en las plantillas de los clubes de futbol - fichajes y despidos - han captado mayor atención en el entorno europeo que la proximidad de la Romagna tambaleante. Seguramente no puede hacerse nada pero no nos vendría mal una especie de examen de conciencia colectivo o individual. La progresiva tecnificación de la vida empieza a convertirnos en adminículos adheridos a una máquina monstruosa que, poco a poco, nos monstruiza. Se ha hablado mucho de ello. El viejo y admirado Constan Virgil Gheorguiú -inolvidable autor de "La Hora 25”, la hora que nos existe puesto que el dia sólo tiene 24- presenta un panorama de insensibilidad colectiva muy parecida al actual.

Cuando leo los periódicos del dia, pienso en eso. Recuerdo a Jesucristo, el Señor, que se ha hecho hombre con todas sus consecuencias. El hombre es único. Las alternativas son caminos de locura.