No estamos preparados para ver sufrir a un inocente. El dolor de los niños se nos atraganta y un indigerible sentimiento de culpa y de impotencia nos asalta cuando conocemos dramas protagonizados por menores, como el de los 13 niños que han muerto en un incendio en Qatar.
No estamos preparados para ver sufrir a un inocente. El dolor de los niños se nos atraganta y un indigerible sentimiento de culpa y de impotencia nos asalta cuando conocemos dramas protagonizados por menores, como el de los 13 niños que han muerto en un incendio en Qatar. Si, además, ese drama es causa de un accidente, de un fallo en la seguridad, de un imprevisto, el dolor que produce se acrecienta hasta límites que nos cuesta soportar.
Cualquier abuso cometido contra los niños resulta especialmente deleznable a los ojos del mundo, lo que no impide que sean, por su especial indefensión, víctimas de la violencia y la injusticia en grado sumo en diferentes zonas del planeta. Según datos de Save The Children, en la actualidad hay 218 millones de niños y niñas trabajadores en el mundo; unos dos millones de niños están sufriendo abusos sexuales a través de la prostitución y la pornografía; 112 millones de menores son víctimas de trata de personas; 300.000 niños y niñas menores de 15 años están en contacto con fuerzas armadas; 113.000 niños son abortados al año en nuestro país… Podríamos seguir sacando cifras hasta el aburrimiento.
No tenemos que irnos muy lejos para comprobar el sufrimiento de los más inocentes. Unicef ha sacado a la luz esta semana datos aterradores sobre la infancia en nuestro país. Entre ellos destaca que 2,2 millones de niños en hogares por debajo del umbral de la pobreza y que un 13,7% en hogares con un nivel de “pobreza alta”. La crisis la “pagan” los más débiles, y como confirma este informe, los niños son el grupo de edad más pobre en España.
Ante este panorama, me apena tremendamente que se siga rescatando a los poderosos mientras los que no tienen la posibilidad de defenderse sufran la violencia social de un sistema injusto. Como afirma Calvo Serraller, “nunca como hoy se ha prestado tanta atención a la infancia y desde tantos puntos de vista, pero eso no significa que hayamos aceptado lo más peculiar y genuino de su transitoria naturaleza: su misterio, que, a la postre, es inseparable de su dignidad”. Debemos aceptar, de una vez, que la lucha fundamental de este siglo es la que debe hacer brillar el misterio y la dignidad de los inocentes.
