El sacerdote Gabriel Leal, profesor de Nuevo Testamento, desgrana algunas de las claves del Evangelio según San Marcos
La tradición: de Jesús a los evangelios
Los evangelistas conocen la tradición iniciada por Jesús (cf. Lc 1,1-4), que les ha llegado a partir de los Apóstoles. Las experiencias que éstos vivieron con el Nazareno durante su vida terrena, sus enseñanzas y los hechos de los que fueron testigos, adquirieron un valor inigualable tras su encuentro con el Resucitado, sintiéndose definitivamente vinculados a dicha experiencia y a transmitirla con fidelidad.
Al mismo tiempo, la Pascua les hace valorar y ver toda esa experiencia de una manera nueva: ya no se trata sólo de recordar lo vivido junto al Nazareno, sino de lo vivido con el que ahora se les muestra Resucitado, Señor e Hijo de Dios, Salvador de todos los hombres. Esto les impulsa a comunicarlo con fidelidad pero, al mismo tiempo, de una manera inteligible y creativa para que puedan acoger a Jesús como Señor y Salvador. Esta tarea de actualización no la hacen por iniciativa propia, sino impulsados por el Espíritu Santo y garantizada por los testigos del ministerio de Jesús y de su resurrección (Hch 1,21-22).
El evangelio de San Marcos
Marcos debió escribir su evangelio, bajo la inspiración del Espíritu Santo, en torno al año 70. Con él se dirige a una comunidad formada fundamentalmente por paganos convertidos al cristianismo, que viven en un ambiente cultural y administrativo romano. La intención fundamental del evangelista es alentar la fe de la comunidad, que vive una experiencia contradictoria entre su fe en Jesús como Señor y la hostilidad y las dificultades que experimentan en la vida, y salir al paso de la atracción que ejerce sobre ellos la cultura del Imperio, que se les presenta como «la buena noticia», como el «evangelio». Frente a esa situación, el Evangelista redacta un relato para presentar a Jesús, como el Evangelizador que trae la Buena Noticia. El evangelista se ha valido del concepto de «evangelio» que arranca de la época final del destierro en Babilonia y que se encuentra en los textos del profeta Isaías (45-55): Evangelizar es dar la buena notica de que Dios salva, a pesar de que las apariencias parezcan indicar lo contrario. Dios, en aquella ocasión, les salvó a través de Ciro, rey de Persia (Is 41,25.27), que a pesar de ser un pagano, no es más que un instrumento en manos de Dios (45,1-8; 48,8-16), que le sostiene y le da la victoria (41,1; 45,8; 46,13), aunque él no lo sepa. Pero Marcos no parte sólo de los textos del profeta Isaías, Jesús se había presentado como el Evangelizador que anuncia el Reino (Mt 11,5; cf Lc 7,22) y San Pablo ya se había referido a Jesús como el Evangelio, poder de Dios (Rom 1,16) y revelación de su salvación (Rom 1,17) que se realizan en la debili0dad (1 Cor 1,17); es Jesús, muerto y Resucitado (1 Cor 15,1-7) eficazmente presente en la proclamación del Evangelio (1 Tes 1,5-10).
Marcos escribirá un relato para que la comunidad descubra que Jesús es realmente el Evangelio, porque es el Señor, el Mesías Hijo de Dios, a pesar que las apariencias puedan inducir a pensar lo contrario. El evangelista narra la Buena Noticia que comienza con Jesús y que tiene como contenido fundamental anunciar que con el ministerio de Jesús, en su persona y su obra, se ha acercado definitivamente a nosotros el Reino de Dios (Mc 1,14s.), y esto a pesar de su aparente fracaso en la cruz.
El evangelista inicia su obra anunciando lo que pretende exponer a lo largo de la misma: Evangelio es Jesús, Mesías e Hijo de Dios (1,1). Dedica la primera parte, a presentar a Jesús como Mesías, que anuncia e inicia la llegada del reinado de Dios (8,27-30) y, la segunda, a mostrar que esto lo ha hecho en la debilidad, a pesar de su aparente fracaso, como corresponde al Hijo de Dios (8,31-16,8). Para disponernos a acoger esta Buena Noticia, el evangelista comienza con Juan Bautista, que muestra la fidelidad de Dios al cumplir sus promesas e invita a la conversión; a continuación, el Padre proclama a Jesús, en su bautismo, Hijo-Siervo amado (1,9-11) que, venciendo al tentador en el desierto, es el Nuevo Adán, tipo del hombre plenamente reconciliado (1,12-13).
En la primera parte del evangelio
(Mc 1,1-8,30), Jesús se revela, mediante sus palabras y obras, como el Mesías, pero de una manera sencilla, oculta; los demonios lo reconocen, pero son callados (cf. 1,24.34), pues Jesús no quiere el testimonio del miedo. Los hombres se admiran, interrogan (1,27; 4,41; 6,14-16) y dan diversas respuestas-tipo, que el evangelista expone en tres momentos.
En primer lugar, presenta la respuesta negativa de los fariseos (1,14-3,6), después la respuesta predominantemente negativa del pueblo (3,7-6,6a) y, finalmente, la respuesta positiva de los discípulos, que por labios de Pedro le confiesan “Tú eres el Cristo” (6,6b-8,30). En cada una de ellas el evangelista sigue la misma secuencia: Jesús que proclama el Reino, seguido de un relato sobre los discípulos, la actuación de Jesús y una escena que tipifica el rechazo de cada uno de los grupos.
En la segunda parte del evangelio
(8,31-16,8), el evangelista explica «cómo» Jesús es Mesías: realizando la misión del Hijo del hombre y Siervo de Yahvé, muriendo y resucitando. Mientras no se lleve a término esta misión el título de «Mesías» está sometido a secreto; Jesús lo aceptará ante el sanedrín, junto con el de Hijo de Dios, en contexto paradójico. Cuando el fracaso es total, el centurión que estaba delante, viendo cómo había muerto exclama: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (15,39).
Marcos, un escrito cercano a nosotros
Hay una cierta sintonía entre la comunidad a la que Marcos se dirige y nuestra propia situación. Nosotros experimentamos también la contradicción entre nuestra fe en Jesús como Señor y «un mundo» que parece obedecer y estar en manos de otros señores. Por otro lado, en nuestro ambiente se vincula la felicidad no a la fe en Jesús y la vida cristiana, sino a situaciones de poder, de prestigio, de dinero, de «éxito » y «fama».
Ante esta situación, Marcos nos invita a reavivar nuestra fe en Jesús, el Señor, que se revela y nos salva como Hijo de Dios, en la debilidad. Una debilidad a la que permanece vinculado, pues para encontrar al Resucitado hay que volver a Galilea ("allí le veréis"), hay que acogerle presente en la debilidad de la proclamación del Evangelio.
