Alguien ha dicho que nuestra sociedad, enferma, genera enfermos. Desde luego, parece evidente que este materialismo totalitario y excluyente nos está “monstruizando” a todos. A los más débiles, los niños, de manera más intensa.
La puesta en libertad de uno de los supuestos -o presuntos- asesinos de Sandra Palo que, como se recordará, fue violada y asesinada con auténtico sadismo por cuatro menores, ha conmovido a buena parte de la opinión pública.
Los hechos ocurrieron en el 2009 por lo que este agresor apenas ha cumplido tres años de prisión. Una vez más, muchos periódicos, radios, etc. recogen opiniones apasionadas sobre la perentoriedad de cambiar las leyes que favorecen la impunidad del menor e impiden tanto el castigo como el ejercicio disuasorio y ejemplarizante de la condena. Al margen de lo pueda legislarse, conviene una reflexión más sociológica que jurídica.
Las leyes que recogen salvedades a favor del menor tienen su origen en la creencia universal de la inocencia inherente a la niñez. Se supone que el grado de malignidad es inferior en la mente de un niño que en la del adulto. Y es necesario convenir en que así debió ser. Empleo el pasado -debió- porque los datos actuales empiezan a emitir señales avisadoras de que las cosas no siguen el curso de la psicología establecida. Por lo tanto, resulta urgente revisar los elementos que inciden actualmente sobre la psique de un niño.
Alguien ha dicho que nuestra sociedad, enferma, genera enfermos. Desde luego, parece evidente que este materialismo totalitario y excluyente nos está “monstruizando” a todos. A los más débiles, los niños, de manera más intensa. La espiritualidad, esa cosa que no produce beneficios, parece erradicada por inservible.
