No me extraña que los niños dejaran la mitad de los dinerillos “recaudados” en su comunión para los pobres. Es normal y natural. Se crían y educan en la solidaridad.
La semana pasada estuve en Getafe con motivo de la comunión de un nieto mío. Getafe es un pueblo al sur de la Comunidad de Madrid con una población mayor que la mayoría de las capitales de provincia españolas. No ha perdido el encanto pueblerino aunque actualmente es la sede de una diócesis, tiene una universidad y un equipo de fútbol de primera división.
Sus habitantes proceden en su mayoría de Extremadura y de Andalucía, y, sobre todo, son inmigrantes procedentes de África, Sudamérica y la Europa del este. Mi nieto hizo la comunión en su parroquia, cuyo altar mayor está rodeado por las banderas de los doce países de los que son originarios sus feligreses junto a niños de diversos colores y nacionalidades. Todos perfectamente integrados y aceptados. Los sacerdotes encargados de la parroquia, que a su vez son inmigrantes franceses en su mayoría, pertenecen a la Congregación de Hijos de la Caridad que tiene misiones por todo el mundo. Esto les permite moverse en este ambiente como peces en el agua.
Me sorprendió cuanto vi un cartel que llenaba un lateral del altar mayor. “ESTA SEMANA DENOS LA LATA”, decía en su leyenda. Y efectivamente, los feligreses habían llenado unas cajas situadas al pie del cartel de latas de conservas de todo tipo. El lunes siguiente las distribuirían desde Cáritas. Con parroquias así no me extraña que los niños dejaran la mitad de los dinerillos “recaudados” en su comunión para los pobres. Es normal y natural. Se crían y educan en la solidaridad. Enhorabuena a los premiados.
