En nuestra querida España sigue respetándose, en la mayoría de las familias, la tradición de bautizar a los niños y de prepararlos y acompañarlos en la primera comunión.

La segunda comunión

Se preocupan de que reciban la catequesis, a ser posible sin tener que involucrarse demasiado, y organizan el acontecimiento con pompa y boato. Aunque sea empeñándose hasta las cejas.

Algunas familias se encuentran con la “pega” de que para hacer la comunión es necesario que el niño sea bautizado. Un “pequeño detalle” que algunos han olvidado y que intentan superar de la mejor manera posible. Si no lo consiguen hacen la comunión “por lo civil” y aquí paz y después gloria.

Espero que mis lectores no pertenezcan a este último grupo. Pero, por otra parte, la mayor parte de las familias, a pesar de que preparamos adecuadamente a los niños, olvidamos ese pequeño detalle de que la vida del cristiano necesita de la Eucaristía dominical y la comunión frecuente. Y aquí entramos los abuelos. Tenemos que mantener la participación en los sacramentos de los que hacen su primera comunión. Para ello nada más fácil -y más difícil- que buscarle una celebración adecuada en la que se tenga en cuenta a los niños y, sobre todo, acompañarles si no lo hacen los padres. Difícil tarea pero que se nos recompensará con creces al comprobar que es difícil, pero se puede, mantener la llama viva de la comunión en los neo-comulgantes.