Bienvenido sea Hollande. No está en sus manos remediar la situación, ni en las de Sarkozy, claro. Europa debe mirar a sus orígenes antes que a nada.
Ganó Hollande como se esperaba. Siempre se ha dicho que los franceses votan con el corazón, en la primera vuelta, y con la cartera, en la segunda.
Es difícil establecer con que elemento motivador lo han hecho en esta ocasión. Y, quizá, aún más, qué diferencias fundamentales establecen los europeos modernos entre uno, y otra. Los afectos y la billetera se han juntado tanto en los últimos tiempos que resulta casi imposible encontrar la línea divisoria. O, quizá, ocurra que no la hay.
Un gran error contemporáneo consiste en mantener como vigentes conceptos antiguos; ideologías superadas por los acontecimientos. Seguimos creyendo que el dinero mueve sus tentáculos en la vaguedad de algo que se llama “derecha” mientras la otra cara social, llamada izquierda, vive al margen de la codicia. El dinero, el verdadero dinero, la pirámide que mueve el mundo, se mantiene al margen de las ideas y de las denominaciones. En Francia se ha producido un vuelco. Esperemos que venga acompañado de un tanto por ciento más elevado de justicia social. En un mundo fuertemente globalizado y con los resortes del poder real colonizando a las tradicionales izquierda-derecha, parece difícil. Europa, la entrañable y vieja Europa, tal y como la conocemos, se inventó sobre las bases morales y espirituales del cristianismo. A ellas debe volver.
Cuando empezó la primera guerra mundial, llamada europea, se rompió aquel antiguo edificio. Entonces, un extraordinario escritor, injustamente olvidado, Lajos Zilahi, escribió un libro profético: “El angel enfurecido”. Dice Lajos: “En aquellos días, un ángel enfurecido batía sus alas en el cielo”. La justicia social es el clamor de Europa. Bienvenido sea Hollande. No está en sus manos remediar la situación, ni en las de Sarkosi, claro. Europa debe mirar a sus orígenes antes que a nada.
