Apenas unas horas después de que el presidente de EE.UU. saliera de Kabul en una visita llena de promesas y buenas voluntades, se vuelve a quebrar el futuro de Afganistan; una bomba ha puesto fin a las esperanzas. Seis muertos, varios heridos y la realidad palpable de que el diálogo con el islamismo es tan necesario como extraordinariamente difícil.
Norteamérica soporta en Afganistán un contingente importante de tropas cuyo mantenimiento gravita sobre la economía estadounidense, maltrecha como todas las occidentales. Esto mismo daña la popularidad de los demócratas encabezados por Barak Obama.
Como se sabe, Norteamérica entrará en época preelectoral dentro de poco. La encrucijada es dura; dura sin paliativos en un tiempo en que los desequilibrios político y económico son evidentes. Todo empieza a funcionar de manera distinta a como ha venido haciéndolo. Centrándonos en ese deseable entendimiento, sería necesario encontrar unos puntos de partida, o bases de entendimiento, que hicieran factible el encuentro. Algunas veces da la impresión de que dos mundos, uno en la Edad Media y otro en el siglo XXI, tratan de hallar un camino común, sin reparar en la distancia de siglos que les separa. Occidente ha vivido durante casi veinte siglos la cultura que generó el cristianismo.
Eso ha hecho posible una planificación de la vida bajo el imperio moral y educativo de la concordia y el amor como valores supremos. El islam -el fundamentalista de manera especial- vive inmerso en guerra santa, la cual no deja de ser una guerra común, para inculcar a sangre y fuego la doctrina islámica derivada del Corán. ¿Qué puente cabe? Y, sin embargo, es necesario por difícil que se presente.
