Hace más de dos milenios Jesús preguntó a Felipe cómo podrían dar de comer a la multitud que les seguía. El apóstol respondió como un ministro de economía: "no tenemos dinero para solucionar el problema".
Jesús pidió a un joven que andaba por allí que le diera los panes que tenía. Comenzó a repartirlos. Pudieron comer todos y aun sobró.
Días atrás leía este evangelio poco antes de coger una furgoneta del Banco de Alimentos e irme a buscar quién me la llenara de artículos que pudieran aliviar el hambre de los necesitados. En un almacén de tubérculos, cercano a Mercamálaga, un buen hombre me regaló dos palés de patatas y cebollas y me indicó que volviéramos al día siguiente para recoger otros dos. Al despedirme me dijo: "supongo que esto me lo tendrán en cuenta en el más allá". "Y, además, te hará feliz en el más acá", contesté.
El milagro de la multiplicación de los alimentos se produce cada día en la explosión de amor y de solidaridad entre los que piden y los que dan para los necesitados. Mientras media humanidad pasa hambre, la otra mitad estamos a régimen para no engordar. Se producen alimentos para todos. Lo que hay que hacer… es buscar el equilibrio. La situación de España no es buena, ha vuelto a incrementarse la pobreza, pero gracias a Dios y a las manos de los hombres –que representan las Suyas- cada día se puede aliviar en buena medida. Entonces se reproduce el milagro.
