Una monja ha sido acusada de haber colaborado, presuntamente, en el robo de un niño recién nacido. Como es natural la noticia ha dado la vuelta a Europa.

Un robo con monja

Una monja ha sido acusada de haber colaborado, presuntamente, en el robo de un niño recién nacido. Como es natural la noticia ha dado la vuelta a Europa. En la cultura que nos ha tocado vivir, cualquier cosa que vaya acompañada de algún tanto por ciento de morbo, tiene asegurada la notoriedad. En este caso con el añadido de la condición eclesiástica de la potencial acusada. Digo “potencial”, equivalente a “presunta”, porque, como se sabe, es de obligada utilización jurídica.

Quede claro que no creo en la malignidad de la monja, o, al menos, de la manera dolosa -quiero decir malintencionada- con que la han presentado algunos periódicos y medios audiovisuales. Bien, los tribunales tienen la palabra y, con independencia de lo que sentencien, quizá merezca la pena advertir que la Iglesia es una comunidad fraterna en la que el daño de uno repercute, y conduele, sobre todos. Algo que suele olvidarse con desgraciada frecuencia. Otra cosa es lo que pudiéramos llamar “matices añadidos”, frase que, quizá, sirva para explicar lo que agrego. Me refiero a la risa de la monja compañera de la acusada. Durante todo el rato que duró la vista preliminar, y ante los periodistas presentes, no dejó de hacerlo. ¿De qué reía? Es difícilmente explicable. Seguramente, un gesto expresivo de su seguridad interior en la inocencia de su compañera, pero este tipo de gestos pueden producir impresiones desafortunadas en los alrededores. Suelen traducirse de mil formas desafortunadas.