Se acaba de celebrar un congreso de temática bastante desacostumbrada. Nada menos que la felicidad. Y, claro, ha concurrido la gente feliz del ancho mundo.

La felicidad

O sea, expertos en felicidad que, por lo tanto, se supone que lo son. Y, por fin, después de largos y, sin duda, apasionantes debates, ha resultado elegido como el hombre más feliz del mundo - así titulan algunos periódicos- un señor llamado Nattihieu Ricard. Es un científico francés que hace algunos años determinó abandonar los engorros científicos y elegir la senda del hinduismo como vía a la felicidad.

En el post-congreso, el señor Ricard afirmó que -cito textualmente- “la felicidad consiste en entregar la mente al amor altruista”. Nada que oponer, por supuesto, pero suena a lo que ha sonado siempre el hinduismo, a claro y deliberado escapismo. Desde luego, no cabe la menor duda que una de las maneras más eficaces de quitarse los problemas de encima es alejarse de ellos. Lo malo es que, algunas veces, el dolor, el sufrimiento, tanto el personal como el del prójimo, cercan de tal manera que no hay manera de soslayarlo.

En realidad, el hinduismo es una religión extraordinariamente compleja y difícil para un occidental, pero conviene recordar que, a partir de los años sesenta del siglo veinte, y después de que algunos famosos -los Beatles, por ejemplo- dedicaran parte de su tiempo a lo que dio en llamarse “meditación trascendental”, alguna práctica hinduista alcanzó notoriedad entre nosotros. En general, consiste en una especie de gimnasia o práctica intelectual que enseña a huir de la fuerte problemática social que nos rodea y recluirse en un hipotético mundo interior inevitablemente egoísta. Los cristianos sabemos que no es ese el camino sino el de la entrega a semejanza de Jesucristo. El Señor Jesús no se alejó de la problemática humana sino que la convivió. La unión con Jesús nos lleva al verdadero amor que siempre es abierto. La unión con el Señor es raíz de felicidad, riendo con los que ríen y llorando con los que lloran.