El crucificado ha resucitado, ha superado la dura prueba de la muerte e inaugurado una nueva etapa en la historia de la humanidad, que queda indefectiblemente abierta a las más sólidas esperanzas.
Si hay una creencia ineludible para todo cristiano, esta es la de la fe en la Resurrección de Jesucristo. No en su versión descafeinada o racionalista, en la que el milagro de la Resurrección no encuentra cabida sino en la que hemos recibido a través del testimonio de la primera comunidad de cristianos, depositado en las Escrituras.
El crucificado ha resucitado, ha superado la dura prueba de la muerte e inaugurado una nueva etapa en la historia de la humanidad, que queda indefectiblemente abierta a las más sólidas esperanzas, enjugando todas las lágrimas y abriendo los mejores y más altos horizontes.
El Dios vivo transforma lo negativo y doloroso en positivo y gozoso. La muerte en vida, el pecado en perdón, la angustia en paz, la tristeza en alegría, la pérdida en ganancia.
Y todo ello no como suceso de hace dos mil años sino para hoy. A pesar de la secularización, de la indiferencia religiosa, del pluralismo religioso, del pecado y de los errores humanos.
El Resucitado nos ha liberado de todas nuestras opresiones. Ahora bien, no nos engañemos, pues también nosotros tenemos un papel activo en nuestra salvación. A cada uno le corresponde orientar el rumbo de su vida según el plan de Dios, que se recoge en las Sagradas Escrituras, con la ayuda de la gracia, invocada, y de los medios disponibles, especialmente la oración, los sacramentos y la vida moral.
La cuaresma pasó deprisa, los tiempos litúrgicos no tienen que corresponder necesariamente con nuestra trayectoria vital. Siempre es tiempo de conversión. Si meditamos la Resurrección de Jesús nos puede acontecer como a los primeros discípulos que unos no terminen de creer, que a otros no les baste el testimonio ajeno, que necesitemos las apariciones del Resucitado… lo importante es que busquemos creerlo, que procuremos la experiencia personal, que demos tiempo en estos cincuenta días de Pascua para que el Hijo de Dios vivo nos comunique su estado glorioso, de nuevo junto al Padre.
