Desconozco si te has dado cuenta, si lo sientes, si lo has experimentado, si lo sabes. Cristo vive, está cercano a cada uno de nosotros en medio del fragor del trabajo, de la casa, del estudio, de la diversión. Jesús sigue vivo acompañando cada momento de nuestra jornada.
Al amanecer cuando el sol vuelve a saludar nuestra tierra y durante la mañana cuando los relojes van maquinando sus prisas e imparablemente nos conducen hacia el mediodía. Cristo está vivo cuando la tarde nos posibilita sacar a los chiquillos al parque para que jueguen, para que les de un poco el aire. Cristo está presente al atardecer, en estos atardeceres bellísimos de apenas estrenada primavera en Andalucía y por supuesto al anochecer cuando las miradas se vuelven cómplices y se instala en descanso en el hogar.
Es la fantástica, extraordinaria y alentadora noticia de estos días de estos cincuenta días. Es la experiencia por excelencia de estos días. La comunidad cristiana entera disfruta y se alegra por la resurrección de Cristo. Y mira a la cara de Jesús de Nazaret al Señor de la vida y de la historia. Y mira al rostro del resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro: Tú sabes que te quiero. Lo hace unida a Pablo: Para mí la vida es Cristo. Lo hace unida a los testigos de nuestro siglo que han anunciado a Cristo confesando su muerte y resurrección en los campos de concentración y en los gulags, bajo la amenaza de las bombas y los fusiles en medio del terror desencadenado por el odio ciego. Lo hace unida a los testigos, a tantos y tantos santos anónimos.
Ha resucitado el Señor de la vida. Cristo resucitado es la fuente de la verdadera alegría del corazón. La resurrección de Cristo es la que vence nuestras esistencias porque Cristo nos acompaña y nos anima a salir de nuestra postración. La resurrección de Cristo es la que colorea de forma diferente y cálida nuestra vida.
