Estos días pasados, disfrutando de la Semana Santa, mi hijo de cinco años descubrió una calavera y, entusiasmado, me dijo: \"Mamá, ¡esa calavera es el símbolo de la muerte! ¿Sabes cuál es el símbolo de la vida?\"

Los niños y la resurrección

Yo le dije que no y él, con esa maravillosa certeza que tienen los niños, afirmó: "¡La cruz! ¡La cruz es el símbolo de la vida!". Una asombrada acción de gracias nació en mi interior, y me vinieron a la mente (y al corazón) las palabras del Evangelio: "Tú, Señor, has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla".

Cuando los padres vivimos momentos como éstos no podemos dejar de dar gloria a Dios. Nuestros hijos son uno de los medios de comunicación preferidos por el Señor para insuflarnos ánimo, acrecentar nuestra fe y alentar nuestro amor. Y sabiendo como sabemos que son suyos, y no nuestros, los momentos que pasamos con ellos son un regalo que el Padre nos hace junto a aquellos que más quiere.

Muchas veces me he preguntado qué querrá decir el Evangelio cuando nos invita a hacernos como niños para poder entrar en el Reino de los Cielos, y esa pregunta ronda aun más mi cabeza desde que soy madre. ¿Qué tienen los niños que nosotros ya hemos perdido? Todavía estoy trabajando en ese "objeto de estudio", pero tengo claro que entre las muchas cosas que debemos admirar e imitar de ellos está la confianza, que les lleva a creerse que son capaces de levantarnos con la fuerza de sus brazos; la humildad, que los hace aceptar la voluntad de aquel en quien confían; la limpieza de corazón, por la que olvidan los enfados en 0,2 segundos; y, por supuesto, la alegría. Alegría de saber que su vida entera es un don preciado por Dios, que nunca les abandona. Quizás por eso, el Padre ha querido esta Pascua hacerme llegar su anuncio a través de mi hijo de cinco años, decirme con sus labios "No está aquí. ¡Ha resucitado!" Y permitirme verlo de forma nítida en el brillo vívido de sus ojos negros.

¡La cruz es la respuesta! ¡La cruz es la vida!