Hoy es Viernes Santo. En el Viernes Santo del siglo XXI encontramos el rostro de la mujer, del hombre escupido, roto por el hombre mismo. El momento más terrible de la pasión de Jesús es cuando exclama, en el más extremo sufrimiento: «¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?»
Hoy siguen resonando en nuestros oídos el eco redoblado de este grito. Desde los barrios llenos de miseria, desde las guerras, desde los países donde mueren de hambre seres sin esperanza se oye decir: ¿Dónde estás, Dios? Si queremos integrar el Viernes Santo de Jesús en el Viernes Santo del siglo XXI tenemos que integrar el grito de entonces en una oración dirigida al Dios que sigue estando cerca de quien sufre y habrá que preguntarse si se puede rezar honradamente antes de haber hecho nada para enjugar las lágrimas de los que sufren.
El hecho de que Jesús de Nazaret participara realmente de la angustia de los condenados no es algo casual, como tampoco es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de un crucificado y que el ateísmo tenga su padre en Epicuro, en el mundo de los espectadores saciados. Es importante, por tanto, bucear en la raíz del misterio. Un misterio de vida y muerte que es el que celebramos en este día, un día teñido de dolor pero también de honda esperanza y denuncia social.
