Cuando contemplamos al Hijo de Dios y a su Madre Santísima sufrientes, el resultado que obtenemos es una experiencia religiosa, en la que brotan nuestras emociones.
Dicen algunos que a las procesiones de la Semana Santa la gente acude principalmente por su vertiente cultural. Yo no lo creo.
Es cierto que en el transcurso de la Semana Santa malagueña podemos contemplar tallas y ornamentos de gran belleza artística que, como en toda obra de arte, son expresión de aquello a lo que remiten. Es decir, que cuando contemplamos al Hijo de Dios y a su Madre Santísima sufrientes, el resultado que obtenemos es una experiencia religiosa, en la que brotan nuestras emociones y nos sentimos cercanos a esos hondos Misterios de nuestra Salvación.
Otra cosa distinta es que, para algunos, esto no se prolongue durante todo el año restante a la celebración de la Semana Santa. Sin embargo, una cosa no quita la otra.
Me atrevo a recomendarnos que valoremos y asistamos, no sólo a las calles de nuestra ciudad, por las que pasean los sagrados Titulares de las diversas Cofradías y Hermandades malagueñas, sino también a los templos para participar en los Oficios y meditar-contemplar lo que cuesta a Dios su Amor y su entrega: sangre, sudor, lágrimas, vida.
Por eso os digo, queridos cofrades: ¡Al cielo con Ella! Y que María nuestra Madre nos ayude a llegar al cielo.
