El Papa ha demostrado, una vez más, su honradez intelectual. Por encima de coyunturas u oportunismos ha dicho lo que tenía que decir.

La honradez del Papa

Antes de llegar a uno de los últimos países comunistas del mundo, ha declarado que el marxismo no tiene vigencia. Independientemente de lo que pueda expresarse, la inmensa mayoría de los pensadores políticos y sociólogos saben que la aseveración del Papa es incuestionable. El marxismo tuvo su vigencia en el seno de una cultura que despertaba asombrada ante el estallido de la revolución francesa y la Ilustración: igualdad, libertad, fraternidad. El liberalismo había derribado a la nobleza de sangre, pero, a la vez, ni supo ni quiso evitar la aparición de otra semejante, la del dinero, tan injusta como la anterior. El marxismo vino al mundo al socaire de este contrasentido. Lo hizo rechazando la revolución como escalón previo a la igualdad. Así fue, aunque muchos lo ignoren o les convenga ignorarlo.

Marx observa la Historia y comprueba que, en cada momento revolucionario, sólo pueden suceder una de estas dos cosas: o triunfa la revolución o el orden establecido. Si ocurre lo segundo, todo sigue igual. En caso contrario, pasado un tiempo, los triunfadores se convierten en “orden establecido” y nada varía.

Es necesaria una revolución interior para que surja otro hombre, hombre nuevo, el homo faber le llama Marx, capaz de transformar los ideales en vida de cada día. No ha podido ser. Y no se ha podido conseguir por la secilla razón de que el “hombre nuevo” es aquel que nace otra vez, como afirma el mismo Señor Jesús. Solo ese. El Papa lo declara con todas sus fuerza. La realidad le da la razón.