Expertos en todo el mundo alertan de las consecuencias psicológicas de una intrusión precoz de la sexualidad.

Tacones con 3 años

Leo en la prensa que Francia quiere vetar a las modelos infantiles. Se trata de una iniciativa parlamentaria, promovida por la senadora Chantal Jouanno, que trata de parar un fenómeno cada vez más extendido en el país galo: la presencia de los menores, especialmente las niñas, como modelos publicitarios en televisión o participando en concursos de belleza.

En el informe elaborado, la senadora introduce el término "hipersexualización", concepto creado hace unos años por la sexóloga canadiense Jocelyne Robert para refereirse a la "representación del niño como una especie de adulto sexual en miniatura". Quizás la palabra sea de difícil digestión, pero si recordamos la multitud de Lolitas que han llegado a nosotros a través de los medios de comunicación, como en la imagen de Vogue que acompaña a este artículo, nos daremos cuenta de que es signo de una realidad omnipresente.

Expertos en todo el mundo alertan de las consecuencias psicológicas de una intrusión precoz de la sexualidad. El sociólogo Richard Poulin (Universidad de Ottawa), autor del libro "Sexualización precoz y pornografía" (2009), afirma que este fenómeno viene directamente heredado de la industria pornográfica y constituye una regresión para la mujer, al obligarle a "estar sexualizada para gustar". "La pornografía, al bombardearnos con imágenes de jóvenes hipersexualidadas, ha afectado a la cultura en forma profunda. Su influencia domina los deseos, los fantasmas, pero igualmente las prácticas sexuales y corporales".

Efectivamente, la hipersexualización afecta a numeroso ámbitos de nuestra sociedad, pero lo hace de manera aún más evidente en los que afectan a la infancia y la adolescencia. El catálogo de ídolos juveniles gasta muy poca en tela, aunque no precisamente por austeridad. Son cantantes y actores que constituyen los modelos a seguir por los menores. Esta sexualización precoz de la infancia contrasta sin embargo con la infantilización de las mujeres adultas. La madurez, en cualquiera de sus representaciones, físicas o mentales, no interesa, no vende, no consume.

El país vecino parece querer elevar el nivel de exigencia en cuanto a la restricción de difundir estas imágenes "hipersexualizadas" de la infancia, del mismo modo que se hizo en su tiempo con las de violencia, pero va más allá. Este asunto es una cuestión que debe ser abordada igualmente por padres y profesores. Porque detrás del inocente "mamá, quiero pintarme las uñas" de nuestra hija de tres años hay una maquinaria que está haciendo muy bien su trabajo.