Los días que anteceden a la celebración de la Pascua de Resurrección, los cristianos nos ejercitamos corporal y espiritualmente para lograr una vivencia cada vez más cercana a ese Misterio Glorioso
Los días que anteceden a la celebración de la Pascua de Resurrección, los cristianos nos ejercitamos corporal y espiritualmente para lograr una vivencia cada vez más cercana a ese Misterio Glorioso, precedido de su correspondiente Misterio Doloroso: la cruz que termina en la Vida.
Existen muchas propuestas que nos ayudan en este sendero cuaresmal. Para mí, la evaluación de mi vida teologal, o sea, vida en fe-amor-esperanza, es un punto de arranque necesario en la preparación que procuro durante el actual tiempo litúrgico.
Por la fe, me relaciono con Dios, que me lo ha dado todo, incluido su Hijo querido, para la remisión de mis pecados. La esperanza me impulsa a ir muriendo a todo aquello que me cansa, enturbia mi vida, me resta energía y, además, no me conduce a la vida eterna.
El amor de Dios, el del Padre y del Hijo, que conocemos como Espíritu Santo, es el que cualifica mi vida, en todas sus dimensiones y contrasta con la superficialidad ambiental reinante, con la falta de caridad auténtica. En definitiva, con aquello que más necesitamos todos, vivir rodeados de la bondad de Dios y de la de sus criaturas.
