El tullido del que nos hablan los Hechos de los Apóstoles pedía algo de dinero, pero recibió algo mayor, algo que le hizo “saltar y alabar a Dios”.
Ni oro ni plata tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesús el Nazareno, ponte a andar (Hch 3,1-11). Así relatan los Hechos de los Apóstoles la curación de un tullido que pedía limosna en el templo. Pedía algo de dinero, pero recibió algo mayor, algo que le hizo “saltar y alabar a Dios”.
Pienso en los miles de personas que acuden cada día a nuestras parroquias y Cáritas, y en la dramática situación que sufren nuestros párrocos y voluntarios cuando ven cómo la hucha no da más de sí frente a la avalancha de solicitudes de ayuda. Francisco J. Sánchez, el director de Cáritas Diocesana de Málaga, apuntaba en una reciente entrevista en El Espejo de la Iglesia que: "quienes reciben a las personas que acuden a Cáritas soportan un gran peso, una gran responsabilidad porque los que llegan vienen con una última esperanza. En nuestro imaginario colectivo existe esa conciencia de que la última puerta que puedo tocar es la Iglesia y sé que va a estar ahí. Dos mil años de historia: Si ahí ya no me ayudan, ¿adónde voy a ir? Por eso, hay que reconocer el testimonio cristiano que dan los encargados de la acogida, su esperanza ante tanta desesperanza. Cuando estos voluntarios me cuentan su sufrimiento por no poder ofrecer la ayuda que quisieran, yo les digo que nosotros no tenemos el Banco de España (ni oro ni plata tengo) para ayudar a todo el mundo, pero tenemos registrada la patente del amor. Tenemos el banco del amor. Ahí es donde la Iglesia se juega su ser, en su lugar más natural, a los pies de la cruz, de los crucificados de nuestra sociedad".
Somos banqueros, custodios y administradores generosos del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. Muchos vienen buscando ayuda económica, y gracias a Dios la reciben; pero otros muchos se van con las manos vacías pero reconfortados, con el corazón lleno de ese amor del que rebosan las arcas de la Iglesia. Un hombro en el que llorar, alguien que me escucha y se preocupa por mi situación, un amigo que me anima y reconstruye lo que se ha roto dentro de mí, un hermano que me invita a no perder la esperanza y me hace sentir persona y, ¿por qué no?, hijo de Dios. No tienen ni oro ni plata y, sin embargo, miradlos cómo aman.
