¿Tiene el comunismo raíces cristianas? No, puesto que niega la existencia de Dios. Pero, curiosamente, copia la propuesta de Jesucristo.

A vueltas con el humanismo cristiano

Alguien me ha preguntado sobre un inciso. El que introduje en mi artículo “Humanismo cristiano” del pasado día veinte. Escribí que ese “humanismo”, el único que ha informado la vida y cultura de occidente, el que ha otorgado a la humanidad el esplendor de una civilización sin precedentes ni paralelismos, nace del mensaje de Jesús. Afirmé eso y, en un paréntesis, agregué “el mismo comunismo nace en el ámbito de ese humanismo”.

¿Tiene el comunismo raíces cristianas? No, puesto que niega la existencia de Dios. Pero, curiosamente, copia la propuesta de Jesucristo reduciéndola a un esfuerzo exclusivamente humano. Donde Jesús dice “sin mí nada podéis hacer”, el marxismo propone un paraíso en la tierra sin necesidad de Él. El verdadero núcleo duro del marxismo es un remedo cristiano. Marx no propone, en realidad, una revolución sino un cambio sustancial de la mente, la creación un hombre nuevo que no sea “amo” ni “criado”, el “homo faber”, el que engloba a los dos. Eso -dice el marxismo- se consigue mediante una especie de mecánica, la dialéctica, copiada de un filósofo llamado Hegel.

Bien, Jesús había dicho casi dos siglos antes, que le era necesario al hombre “nacer de nuevo”. Se lo dice a un judio llamado Nicodemo. Lo narra el Evangelista San Juan. Millones de hombres y mujeres a lo largo de la historia, han nacido en Él. Han visto otra vida en Él. Solo en Él es posible. Sin Él nada podemos hacer.