Paquita era una abuela de esas para las que no hay recambio. No ha dejado de criar niños desde los 22 años. Primero sus 5 hijos, ya todos colocados. Luego, los nietos que fueron llegando: 9 en total.

Luces en el compás

Alegría a las 5

Tarde de viernes en el compás de la Victoria. El autobús nº 1 para en la plaza de los monos. Se monta una anciana que baja al centro y cuatro adolescentes camino de Vialia. La terraza del café "Jardín de los monos" humea café y tabaco. Un comercial con corbata comenta al teléfono los detalles de la operación de su padre, camino del Pascual. Una situación normal, a una hora normal, en un barrio normal.

Pero, en medio de la rutina de lo ordinario, hay quien ha apreciado una luz: “¡Qué alegría hay en el barrio los martes y viernes a las 5 de la tarde!”. Es la hora de la catequesis, cuando decenas de familias se reúnen a las puertas de san Lázaro. El comentario lo lanza un matrimonio no creyente y llega a oídos del párroco. «Vale la pena lo que hacemos –me dice–. Creamos o no, la alegría del ambiente que genera la parroquia se transmite al barrio». Lumen Gentium, antorchas en medio del mundo, lámparas sobre el candelero. Muchos pasan ajenos, pero ¿cuántos se preguntarán por el motivo de esa alegría?

Sola

Paquita era una abuela de esas para las que no hay recambio. No ha dejado de criar niños desde los 22 años. Primero sus 5 hijos, ya todos colocados. Luego, los nietos que fueron llegando: 9 en total.

Desde que Lucía, la más chica, entró en la ESO y se apaña sola para ir y venir del cole ha pasado más de un año. Las primeras semanas se le hicieron larguísimas, esperando el fin de semana para que vinieran los hijos a comer. ¡Cuánto anhelaba los besos de sus nietos! Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes… ¿Cuántos días tiene una semana?

Al borde de la depresión, su amiga Carmen la invitó a un retiro que había organizado la parroquia de San Lázaro y, desde entonces, la soledad es sólo un recuerdo. En la Eucaristía y en la oración ha redescubierto a un Dios que nunca la había dejado sola; y en el encuentro con los hermanos, a la gran familia que es la Iglesia. Según el párroco, son muchos los casos como los de Paquita. «Gente que se había quedado sola, encerrada en sus pisos, víctimas de la cultura del individualismo, ha encontrado en la parroquia un lugar de encuentro, de acogida, de amor…»

Una muerte da sentido a la vida

Una hija única muere en accidente de moto a los 18 años. Los padres se reincorporan a la vida parroquial tratando de superar la pérdida. La amistad con Dios y con los hermanos les transforma y les llena de paz. Encuentran sentido a su vida desgarrada, contagian a los demás su fe firme en la vida en Dios de su hija. ¡La Iglesia da tantas razones para la esperanza!

Pequeños relatos "victorianos". Como los boquerones: pequeños, pero muy sabrosos. Si conoces alguna otra historia, cuéntala aquí, no la escondas bajo el celemín.