Miguel Delibes escuchó un día hablar a Julián Marías sobre su mujer, se llamaba Ángeles. Marías decía de la esposa de Delibes que su sola presencia aligeraba la pesadumbre del vivir.

Vidas ligeras

Si abundaran gentes que aligeren la vida, el mundo sería bastante más grato de lo que suele serlo.  Cuenta Vicente Aleixandre que García Lorca era así: alguien que nada más aparecer en cualquier sitio lo animaba e iluminaba con su simpatía, que se interesaba por el que estaba más tristón y acababa arrancándole una sonrisa o haciéndole ver su vida, al menos durante unos minutos, algo menos gris de lo que la percibía. 

Hay gente esparcida por los pueblos y ciudades de nuestra diócesis que jamás las verás con una cara triste, alimentando sus penas o haciéndose las víctimas; sino todo lo contrario: son personas con las que da alegría cruzarse.  Gentes anónimas.  Que nunca saldrán en la portada de ningún periódico.  Y,  sin embargo, son una bendición de Dios.  Siempre serenas, siempre contentas, en paz consigo mismas y con Dios.   Es la mejor forma de comunicar la belleza del Evangelio.  Y eso hay que contarlo.  Estamos en ello.