España es un conglomerado de culturas que evoluciona de manera natural hacia la creación de dos bandos a cara de perro.

España en dos

De todas las operaciones “socioaritméticas” -si se me permite el neologismo- la favorita de los españoles es la división. Más concretamente la división por dos. España es un conglomerado de culturas que evoluciona de manera natural hacia la creación de dos bandos a cara de perro.

Acaba de aparecer una estadística que lo confirma. Quiero decir que vuelve a evidenciarlo: de cada diez españoles, casi seis creen que la sentencia inhabilitando al juez Garzon es malintencionada. Ojo, malintencionada no es sinónimo de injusta. Digamos simplemente para no engordar los “considerandos” que injusta es algo menos grave que malintencionada. La mala intención agrega unos grados de negrura a la simple injusticia. Esta estadística -¡hay que ver!- conduce a la poesía. Aquella del inolvidable Machado, el poema tan repetido y siempre actual que hemos oído mil veces: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Otra vez, el corazón de miles de patriotas que quieren huir de esta trampa secular, tienen el corazón como un témpano. Porque, vamos a ver, si el mismo Garzón recusó a más de una decena de magistrados antes de comenzar el juicio, será porque intuía una inclinación malversadora en todos ellos. Si luego resulta que los siete que, por fin, sentencian, también tienen perversas intenciones, nos encontramos con un tribunal supremo como para salir corriendo. Conste, trato de no incluirme en ninguna de esas dos oscuras Españas que asoman una y otra vez en los entresijos de nuestra biografía como pueblo.

Creo que no se trata de condenar a nadie sino, por una vez, encontrar nuestro particular camino al futuro. Y, finalmente, un barrunto: creo que acabamos de encontrar un líder de la izquierda, uno definitivo y mediáticamente heróico, el juez Garzón.