Parece que los españoles no somos felices si no tenemos una herida abierta en la trastienda de nuestra vida en común.

Otra vez el Valle

Esta vez parece que la inacabable y artificial polémica sobre el Valle de los Caídos no ha calado tan hondo en la opinión pública española como esperaban sus promotores. Ahora parece que el meollo se centra en la posibilidad de exhumar los restos de Franco. Hombre, algo se ha adelantado. No hace mucho la meta “revolucionaria” iba mucho más allá. Por ejemplo, en eliminar de la faz de España todo el monumento. Aunque no hay encuestas “ad hoc” me suena que a la gente -a ese que se conoce como el hombre medio- le interesa más la confrontación entre el Madrid y el Barcelona, por poner una referencia, que todo el embrollo de los muertos en la guerra civil. Y es lógico. Empieza a sentirse el cansancio que produce el ruido, entre zarzuelero y trágico, de las confrontaciones supuestamente ideológicas que, en definitiva, no hacen más que crispar a la ciudadanía.

Parece que los españoles no somos felices si no tenemos una herida abierta en la trastienda de nuestra vida en común. La guerra civil fue un drama, el colofón donde desembocaron los egoísmos, canalladas, venganzas, crímenes, horribles injusticias… que alimentaron la biografía de unas generaciones cuyos últimos representantes guardan definitivo silencio. El pueblo español se regodea en sus desgracias históricas. Tenemos un curriculum difícil, somos una horrenda repetición de Puerto Hurraco. Nada se puede hacer con el pasado sino centrar las bases de un arrepentimiento colectivo. Lo contrario es una especie de insoportable repetición, un masoquismo secular que nos impide contemplar al futuro. ¡Vamos, de una vez, a entregar la historia a los historiadores!