Los últimos días han eclipsado cualquier aspecto o matiz de la política española, así como la dura realidad de nuestra situación social, para anclarla en los enfrentamientos internos del Partido Socialista.
Una Carmen Chacón gesticulante y sobreactuada, un Rubalcaba cachazudo, casi socarrón, con muchos años de oratoria partidista encima de sus sabidurías, han protagonizado no solo el espectro político sino la mismísima vida española, por encima, incluso, del fortísimo cordón umbilical que, semanalmente, nos une con el futbol. En el corazón de los discursos, como siempre ocurre en estos casos, ha existido más música que partitura, más trompeteo que exposiciones razonadas u hojas de ruta verosímiles. Y cada uno ha aplaudido a su favorito, como es, o tiene que ser. Quizá sea Alfonso Guerra el único que, con las manos ostensiblemente colocadas sobre las rodillas, se haya abstenido de aplaudir al margen del candidato que lo provocara.
Hay, sin embargo, un aspecto en el que los partidarios de uno u otra han aplaudido al unísono: la revisión del concordato con la Santa Sede. ¿Por qué esta prioridad? Con toda seguridad, muchos socialistas, tanto presentes en el acto como ausentes de él, han reflexionado sobre la oportunidad de esas intenciones. ¿Por qué es necesario “revisar” el Concordato? O, dicho de otra forma, ¿de qué manera daña la actual relación con el Vaticano la felicidad de los españoles? Estamos ante un viejo arcaísmo que, parecer, suena bien a determinados oídos de la izquierda española más nostálgica que actualizada.
En fin, con cinco millones de parados, unas generaciones jóvenes hundiéndose en la decadencia y las drogas, con una economía estancada… no parece que la prioridad sea el Concordato. Se equivoca quien piense que la imagen de la Iglesia actual aparece deteriorada ante la opinión pública. Se equivoca quien piense así.
