Parece ser que la tentación de crear una comunidad de puros e intachables estaba también presente en tiempos de Jesús. Ésa era la intención de fariseos y esenios, y ha sido una constante a lo largo de la historia de la Iglesia.

«Exclusivamente bajo la mirada  del Hijo del Hombre,  podrá ser separado el trigo de la cizaña»

¿Quién no ha soñado nunca con una comunidad perfecta, en la que las relaciones humanas no estén viciadas por el orgullo, en la que las heridas queden finalmente cicatrizadas, en la que la ley del amor se ponga definitivamente en práctica? ¿Quién no se ha imaginado nunca una Iglesia ideal, verdaderamente santa, perfecta, en la que el pecado quede definitivamente desterrado?  A esta tentación del “idealismo” que sigilosamente se cuela en nosotros, responde Jesús con la parábola del trigo y la cizaña, que crecen juntos hasta el fin de los tiempos. Las “utopías” son hermosas, pero no han de distanciarnos de  a realidad ni hacernos unos frustrados porque las cosas “no son como esperábamos” o llevarnos a plantear soluciones drásticas, según nuestros criterios, “a nuestra manera”.

Qué bien lo entendió Lutero cuando escribía en su época: «El reino de Jesucristo debe ser edificado en medio de tus enemigos. Quien rechaza esto renuncia a formar parte de este reino, y prefiere vivir rodeado de amigos, entre rosas y lirios,  lejos de los malvados, en un círculo de gente piadosa. ¿No veis que así blasfemáis y traicionáis a Cristo? Si Jesús hubiera actuado como vosotros, ¿quién habría podido salvarse?» Jesús ama este mundo tal y como es, un campo de trigo y de cizaña y precisamente porque lo ama, no permite que nadie lo juzgue. ¡Única y exclusivamente bajo la mirada misericordiosa del Hijo del Hombre, capaz de sondear los abismos del corazón humano, podrá ser separado el trigo de la cizaña! No nos empeñemos en atribuirnos funciones que no nos corresponden.