¿Cómo se le ocurre lanzar semillas a voleo en los bordes del camino, en terreno pedregoso o entre la maleza y las zarzas? Parece ser que la costumbre en tiempos de Jesús era la de sembrar antes de arar. Se esparcían las semillas de forma indiferenciada por todo el campo, y según los frutos obtenidos en la cosecha se verificaba la calidad del terreno.
El anhelo más profundo de todo sembrador era ver crecer sus semillas en cada palmo de su campo, aunque no siempre ocurriera así. ¿Se trata entonces de un sembrador iluso o insensato el de la parábola? Más que de “insensatez” quizá deberíamos hablar de “esperanza”. El sembrador sabe que no todo es “terreno fértil”, pero vive en la esperanza de que un día hasta las piedras puedan erosionar convirtiéndose en arena en la que germinar la semilla, y que las zarzas se acabarán secando y servirán de abono. De algo está convencido: si ese día no hay una semilla, esa tierra jamás dará su fruto. Por eso desparrama sin miedo y sin importarle dónde caiga la semilla.
Quizá en nuestros días a los cristianos nos falte la esperanza y la gratuidad del sembrador y nos sobren los prejuicios. “Proclama la Palabra a tiempo y a destiempo” (2Tim 4,2), nos recuerda san Pablo. ¡Qué importa el terreno! Allí donde estemos, donde nos toque vivir, en nuestro día a día… ¡desparramemos con nuestra vida la Palabra de Dios que orienta nuestros pasos! Que los prejuicios no nos detengan. Al sembrador no le importó esparcir semillas sobre terreno pedregoso, ofrezcamos a todos la oportunidad de que la semilla del Reino los roce con suavidad y dulzura.
