Juan el Bautista da testimonio de que Jesús es el Mesías esperado: “éste es”. La llegada de Jesús es noticia alegre, en medio de un mundo sin esperanza. Él es portador de vida y salvación. Por él se ha hecho posible alcanzar una felicidad que nuestros corazones sólo intuyen, a veces en medio de situaciones personales o colectivas que son dramáticas.

«Más allá de los cortos horizontes hay una vida plena que sólo Dios puede otorgar»

Más allá de los cortos horizontes que percibimos con nuestras previ­siones (hechas a menudo con un realismo chato, encerrado por muros de egoísmos propios y aje­nos), hay una vida plena que sólo Dios puede otorgar como un don de su misericordia. Pues bien, este don nos llega a través de Jesús y consiste en la comunión: ser hijos de Dios y hermanos de todos los hombres.

Este don es liberador: Jesús “quita el pecado del mundo”. La vida en plenitud que Dios ofre­ce no procede de una moralina, o de un saneamiento superficial de las costumbres. Es algo más profundo y transformador que los discursos y las buenas inten­ciones. El testimonio de Juan anuncia y Jesús manifiesta que Dios está de nuestro lado frente al mal. Por eso, para acoger esta presencia liberadora de Jesús y reconocerla como una buena noticia, como “evangelio”, hace falta una cosa: tomar conciencia de que lo que impide y está des­truyendo la felicidad humana es precisamente el pecado. El pe­cado no sólo puede ser perdona­do, sino que debe ser “quitado”, arrancado de la humanidad y de nuestros corazones. Y esto sólo lo puede hacer Dios. ¿Qué expe­riencia tenemos de ello?

Ser bautizados es mucho más que ser “pasados por agua”; los cristianos hemos sido bautizados con el Espíritu. No dejemos que la apatía y la indiferencia apa­guen en nosotros su ardor. Re­cordemos y agradezcamos el tes­timonio de quienes nos hicieron reconocer a Jesucristo como el Salvador. En verdad, transmitir el testimonio del amor de Dios es la única razón de ser de la comu­nidad cristiana. Hoy hacen falta nuevos testigos que, como Juan, sigan señalando al mundo la es­peranza que nos ha llegado en Jesús. ¿Ayudan nuestras vidas a que alguien crea en él?

Francisco Castro Pérez.  Párroco Santo Ángel, Málaga