Alejandro Pérez Verdugo es párroco de la Santa Cruz y San Felipe Neri y delegado diocesano de Liturgia. Con motivo de la próxima celebración del Curso Diocesano de Lectores (sábados 14 y 21 de marzo en la parroquia de San Lázaro), reflexiona sobre la importancia de este servicio litúrgico en nuestras asambleas.
¿Por qué es necesaria la formación para los lectores de nuestras parroquias?
La necesidad de formar bien a los lectores de nuestras parroquias se fundamenta en el servicio que supone la proclamación de la Palabra de Dios en la celebración litúrgica. Si entendemos que la participación de los fieles en la liturgia es esencial, resulta igualmente necesaria una buena capacitación de los lectores, para que esa Palabra llegue a todos y pueda realmente entrar en el corazón de quienes participan en las celebraciones.
¿Qué diferencia la proclamación de la Palabra de Dios de otras lecturas públicas de textos?
Hay muchas diferencias. En realidad, la lectura de la Palabra de Dios —como indica la propia pregunta— no es simplemente una lectura, sino una proclamación.
El resto de lecturas públicas no son tanto una proclamación como sencillas lecturas en las que, además, no hay un verdadero interlocutor; se establece una relación entre quien lee y quien escucha. En cambio, en la proclamación de la Palabra de Dios intervienen tres realidades: la asamblea, Dios que habla a la asamblea y el lector que hace de intermediario. Se trata de una Palabra viva; por eso es una proclamación.
¿Cómo es el nivel de los lectores de nuestras parroquias?
En términos generales, puede decirse que los lectores de nuestras parroquias realizan bien su tarea, tanto ellos como ellas, tanto instituidos como no instituidos. Ha habido un desarrollo y una evolución importantes en este sentido. Pensemos que, propiamente, después del Concilio no había lectores: el sacerdote lo hacía todo, porque en principio no había personas acostumbradas a ello. Poco tiempo después se fueron incorporando lectores laicos a la proclamación de la Palabra de Dios en la asamblea. Desde entonces hasta ahora, el nivel ha sido bueno.
«En la proclamación de la Palabra de Dios intervienen tres realidades: la asamblea, Dios que habla a la asamblea y el lector que hace de intermediario. Se trata de una Palabra viva; por eso es una proclamación»
¿Cuál es el fallo más común de los lectores?
Como todo en nuestra vida y en nuestras asambleas litúrgicas, siempre es mejorable. Existen fallos comunes en la proclamación de la Palabra de Dios: no finalizar adecuadamente la lectura; la falta de conocimiento bíblico de lo que se está leyendo; la ausencia de una oración previa sobre ese texto por parte del lector.
También se observa, en ocasiones, falta de seguridad en la lectura: correr demasiado, ir excesivamente despacio, no respetar los puntos, no conocer la idiosincrasia del texto —no es lo mismo un texto narrativo que otro de carácter distinto—.
Precisamente para afrontar estas cuestiones existe el curso diocesano de lectores, que busca capacitar no solo de manera teológica, sino también técnica, a quienes van a situarse ante una comunidad para transmitir, para ser voceros de Dios con su Palabra. El curso ofrece una formación con perspectiva teológica, técnica y litúrgica, e incluso atiende a cuestiones de forma que a veces se descuidan en el momento de proclamar la Palabra de Dios.
¿Algún consejo rápido para proclamar bien las lecturas en la Misa?
Como consejo rápido —aunque en el curso se ofrecen más de cuarenta— hay uno fundamental: orar previamente esa Palabra. Es decir, tomar conciencia del texto que tenemos delante y preguntarnos qué nos ha querido decir el Señor, para poder después leerlo y proclamarlo adecuadamente en la asamblea litúrgica.
