Homilía de Mons. José Antonio Satué en la Misa exequial del sacerdore José Amalio González Ruiz
Otra vez la muerte ha llamado a la puerta de nuestro presbiterio. Esta vez, a traición, sin el más mínimo aviso. El jueves, nuestro hermano Pepe Amalio salió de casa como todos los días y, poco después, nos golpeó la noticia —increíble— de su fallecimiento. Y aquí estamos: sus hermanos, Lourdes y Juan de Dios, su familia, sus amigos, sus hermanos sacerdotes y sus feligreses de San Juan y San Andrés de Coín, de Villa del Guadalhorce y de otras parroquias a las que sirvió.
Venimos con el corazón herido, muy triste. Porque despedir a quienes amamos, aunque sepamos que no es un adiós definitivo, siempre nos duele. El amor no tolera bien la distancia y la ausencia. Y la tristeza —incluso la rabia que alguno pueda sentir— no es falta de fe: es la huella profunda del cariño.
El dolor por la muerte de Pepe Amalio evidencia, paradójicamente, la fortuna que tuvimos al caminar junto a él. Como todo ser humano, tuvo sus limitaciones y pecados —sus prontos—, pero quienes lo conocíais bien me habéis hablado de tantas cosas buenas: campechano, cercano, jovial, disfrutón, ilusionado, afectuoso, apasionado, buen amigo, amante de la naturaleza y especialmente de las aves. Y, al mismo tiempo, un hombre que cuidaba su relación con el Amado, siguiendo la senda de San Juan de la Cruz y de su madre, Magdalena; un pastor con corazón, con olor a oveja; integrado en su pueblo y dedicado a sus feligreses, a la pastoral juvenil; a los buscadores que se acercan a la fe en los Cursillos de Cristiandad; cercano a todos, también a la gente sencilla, con la que disfrutaba compartiendo una cerveza; y a quienes alguna vez se han sentido incomprendidos o rechazados por la Iglesia.
«Todos juntos, aunque tengamos el corazón roto, demos gracias a Dios por Pepe Amalio, por su vida y su ministerio, y porque esperamos poder abrazarlo más vivo que nunca en la Casa del Padre». José Antonio Satué
Hoy, queridos hermanos y hermanas, os invito a poner sobre el altar todo lo que lleváis dentro: la tristeza y la rabia, el amor y la gratitud, junto con todas las experiencias humanas, espirituales y pastorales que habéis vivido con Pepe Amalio o gracias a él. Os animo igualmente a abrir el corazón a la Palabra de Dios que, aunque no responde a todos nuestros interrogantes, sí nos ofrece luz para seguir caminando.
- La primera lectura nos recuerda el amor que Dios nos tiene: Él nos ha elegido gratuitamente, nos acompaña con fidelidad, nos ofrece su palabra para guiarnos por el camino de la libertad y nos dirige una promesa: Dios nos elevará «en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho». Por eso confiamos en que Dios elevará a Pepe Amalio, por encima incluso del vuelo de sus halcones, hasta la casa del cielo. Quizá hoy nos resulta difícil sentir este amor de Dios, porque el dolor pesa demasiado. Pero dejemos que, poco a poco, ese amor nos envuelva. Aunque no nos ahorra el sufrimiento, ¡cuánto nos ayuda a afrontar el futuro la certeza de que Dios está a nuestro lado y abre caminos de esperanza!
- El Evangelio nos invita a amar como Dios nos ama. No se trata de amar a los demás como ellos nos aman, sino como somos amados por Dios. «Sed perfectos (es decir, misericordiosos) como vuestro Padre es perfecto (misericordioso)». A este Padre misericordioso encomendamos a Pepe Amalio. Jesucristo no solo nos muestra este camino de misericordia: nos da la fuerza de su Espíritu para recorrerlo. No nos encerremos, por tanto, en nuestro dolor o en nuestra comodidad. Pidamos la fuerza del Espíritu Santo para seguir amando, perdonando y trabajando por el Reino de Dios con la misma pasión que Pepe Amalio. El Espíritu Santo nos resucita del egoísmo a la generosidad, del rencor al perdón, de la tristeza a la esperanza y de esta vida a la eterna, donde podremos abrazar de nuevo a nuestro hermano.
Permitidme finalmente compartir una reflexión, especialmente con mis hermanos sacerdotes y diáconos. A veces nos lamentamos porque hemos perdido prestigio social, porque no se nos escucha como quisiéramos, porque solo aparecemos en los medios cuando alguno hace algo malo… Y sí, eso es una parte de la verdad, pero una parte muy pequeña. La gran verdad es la que estamos viviendo estos días en estas comunidades y en este funeral: muchísimas personas consternadas por la muerte de Pepe Amalio, algunas muy cercanas a la vida parroquial y otras, no tanto, que expresan su tristeza y su cariño con un abrazo, una palabra, una oración, una publicación en redes. Son mujeres y hombres, niños, jóvenes y mayores, que valoran y agradecen lo que hacemos y lo que representamos, a pesar de nuestros errores. No os dejéis engañar, pues, por las apariencias. Nuestra gente, para querernos y apoyarnos, no nos exige que seamos santos —ojalá lo seamos cada día más con la ayuda de Dios—. Nuestra gente nos quiere y nos sostiene a poco que seamos personas normales, cercanas, sinceras y entregadas a nuestra misión.
Demos gracias a Dios, pues, por los feligreses de nuestras comunidades, que tanto nos perdonan y nos sostienen. Y vosotros, queridos fieles laicos, dad gracias a Dios por vuestros sacerdotes, tan importantes para vivir y transmitir la esperanza y el amor que brotan de la fe. Y todos juntos, aunque tengamos el corazón roto, demos gracias a Dios por Pepe Amalio, por su vida y su ministerio, y porque esperamos poder abrazarlo más vivo que nunca en la Casa del Padre.
Amén.
