Domingo de Pascua de Resurrección 2026 (Catedral-Málaga)
Mons. Catalá pronuncia la homilía en la Misa del Domingo de Pascua en la Catedral //LAZARUS

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

(Catedral-Málaga, 5 abril 2026)

Lecturas: Hch 10, 34.37-43; Sal 117, 1-2.16-17.22-23; Col 3, 1-4; Jn 20, 1-9. 

El sepulcro vacío

1.- En este santo día de Pascua de resurrección el evangelista Juan nos ofrece el relato del «sepulcro vacío». Los cuatro evangelistas coinciden en que el sepulcro estaba vacío; allí no estaba el cuerpo de Jesús. Es un dato firme de la tradición evangélica, que cada evangelista redactó de modo diferente; pero el dato es creíble y fiable, porque hay testigos. 

El relato del sepulcro vacío expresa la realidad de la resurrección, pero no es la fuente primera de la fe; no creemos porque el sepulcro estaba vacío; es una condición que acompaña a la certeza de la vuelta a la vida, acaecida en Jesús y contribuye a entrar en el realismo de la resurrección; es un signo que acompaña a la fe y proporciona la posibilidad de explicar el acontecimiento de la resurrección. 

La comprobación del sepulcro vacío no basta para la fe en la resurrección de Jesús y no constituye una prueba de la resurrección, como ya lo dijeron los primeros críticos adversarios de Jesús de que su cadáver pudo haber sido robado u ocultado (cf. Mt 28, 13-14). 

Para que el sepulcro vacío adquiera todo su sentido es necesaria la experiencia personal y comunitaria del Cristo vivo y resucitado y la revelación de lo alto que les permite identificar al resucitado con el crucificado. El dato neotestamentario del sepulcro vacío no está sólo, sino acompañado de las apariciones. Es necesario tener una experiencia personal de encuentro con Jesús resucitado, como la tienen todos los personajes bíblicos que aparecen en las lecturas de los días de pascua.

Queridos hermanos, la verdad histórica es que Jesucristo, el crucificado, ha resucitado, según los testimonios de quienes lo conocían y habían vivido con él. Esta es la gran verdad.

Repetid: «Jesucristo ha resucitado».

2.- María Magdalena, muy de mañana ha ido al sepulcro donde habían puesto a Jesús y lo ha encontrado vacío; la piedra estaba removida (cf. Jn 20, 1), pero el cuerpo de Jesús no estaba allí. Ella se ha asustado y se ha extrañado.

Queridos hermanos, hoy estamos todos con María Magdalena en el santo sepulcro de la resurrección del Señor, y aquí nos encontramos con él, que acaba de resucitar y nos ha devuelto a la vida. 

Contemplando el sepulcro vacío, podemos entender las palabras de san Basilio Magno sobre la divinización del hombre: Dios nos ha iluminado con su luz haciéndonos espirituales y concediéndonos el conocimiento de las cosas futuras, la comprensión de los misterios de la fe, la semejanza con Dios y el convertirse en Dios (cf. De Spiritu Sancto 9, 23); es decir, «ser divinizados». 

Esto es exactamente lo que Dios nos regala en la resurrección de su Hijo: nos ha redimido y nos ha divinizado. Hoy damos gracias a Dios por la obra maravillosa de la redención del género humano, que ha sido rescatado de la muerte, del mal, de las tinieblas, del egoísmo; y ha vuelto a la vida, a la luz, a la paz y al amor. Demos gracias al Señor por ello.

Repetid: «Gracias, Señor, por divinizarnos en el bautismo». 

3.- Al encontrar esta mañana el sepulcro vacío, la Magdalena ha ido corriendo a los apóstoles a decirles lo que ha visto (cf. Jn 20, 1-2). Tras este primer anuncio, los apóstoles Pedro y Juan salen corriendo hacia el sepulcro vacío (cf. Jn 20, 3), para ver qué ha sucedido. 

Queridos fieles, acompañemos a estos dos apóstoles y reflexionemos sobre lo que ocurrió realmente. San Juan, «asomándose, vio los lienzos en el suelo; pero no entró» (Jn 20, 5). Y ante el sepulcro vacío, afirma su testimonio de la resurrección: «Vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20, 8-9).

Jesús de Nazaret ha resucitado realmente; es decir, todo el ser humano de Jesús, que muere en la cruz, resucita al tercer día; y la forma de explicar esta realidad es afirmar que el sepulcro estaba vacío; se trata de un signo que ayuda a concretar y a encarnar el regalo de la fe en la resurrección del Señor. 

El encuentro posterior de los apóstoles con Jesús, vivo y resucitado es más profundo y sólido que la visita al sepulcro vacío. Dios intervino de modo singular y privilegiado en favor de los apóstoles, pregoneros del único acontecimiento de la resurrección. 

Las narraciones de la resurrección sirven para explicar la Pascua, pero no pretenden ser un relato histórico, sino más bien la explicación y la profundización teológica. La resurrección de Jesús, siendo un hecho histórico, no es objeto de la ciencia histórica; es una realidad trascendente, objeto de la fe. Nadie estuvo presente allí y nadie puede contar lo que sucedió en aquel momento histórico.

Los discípulos llegan a la fe en Cristo por las apariciones y el encuentro personal con el resucitado. Desde entonces el hombre tiene la certeza y la seguridad de que su destino vuelve a ser para siempre la vida eterna, gloriosa y feliz. Cristo resucitado sale a nuestro encuentro en cada eucaristía y en nuestra relación con el prójimo. Hagamos la experiencia personal de encontrarnos con el Resucitado.

En este primer Domingo de Pascua de resurrección pedimos al Señor su gracia para alegrarnos de su victoria sobre la muerte y pedimos también su fuerza para ser sus testigos en esta sociedad pagana.

Repetid: «Señor, haznos testigos de tu resurrección». 

Y pedimos a la Santísima Virgen María, Madre del Resucitado, que nos cuide con su maternal solicitud y nos acompañe en el testimonio de Cristo resucitado. Amén.