SACERDOTES DEL CONVICTORIO
(Valencia, 9 marzo 2026)
Lecturas: 2 Re 5, 1-15a; Sal 41, 2-3; 42-3-4; Lc 4, 24-30.
(Tiempo Cuaresma III-Lunes)
1.- Naamán, el sirio
Cuenta el libro de los Reyes que «Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria. Pero, siendo un gran militar, era leproso» (2 Re 5, 1).
Sobre la narración de la curación de Naamán en tiempos del profeta Eliseo el mismo Jesús dice: «Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio» (Lc 4, 27). También dice Jesús que había «en Israel había muchas viudas en los días de Elías (…), sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón» (Lc 4, 25-26). Esto no es un capricho de Dios; su voluntad se manifiesta a través de los acontecimientos históricos.
La primera enseñanza es que la vida no nos da siempre lo que pedimos o deseamos, sino que nos toca aceptar lo que somos realmente y no lo que nos gustaría ser.
El Concilio Vaticano II nos anima a leer los “signos de los tiempos” y a ejercitarnos en descubrir qué quiere decirnos Dios con ellos; también hemos de leer los signos sociales de la cultura en la que vive cada uno y los signos particulares de nuestra historia, para estar abiertos a los signos a través de los cuales nos habla el Señor.
2.- La mediación de una esclava y de los siervos
Otro punto es la mediación los sacerdotes; la Iglesia es mediación de todo lo que el Señor nos regala. En el caso del evangelio de hoy la mediación la realiza una muchacha israelita al servicio de la mujer de Naamán (cf. 2 Re 5, 2), quien comenta a su señora: «Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra» (2 Re 5, 3).
Por otra parte, los servidores de Naamán le dijeron: «Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!» (2 Re 5, 13). Naamán solo tiene que bajar de su carroza y lavarse en el río Jordán, como obediencia a la indicación del profeta y así obtendrá la curación. La providencia permite la humillación, para que nazca el gesto mendicante y humilde por el que nos abrimos a la gracia.
En este relato es significativo que la curación tenga lugar por la mediación e insistencia de los servidores; una esclava y unos servidores son la mediación para hacer un milagro.
Me pregunto sobre la función de mediadores de los sacerdotes, que ejercemos nuestro ministerio representando a Jesús, Maestro, Sacerdote, Cabeza y Pastor, como dice la exhortación Pastores dabo vobis (n. 2). Somos mediadores e instrumentos del Señor; y cuánto más fieles y dóciles al Espíritu seamos, mejor. Dios nos habla a través de las mediaciones; y a todos nos toca aceptar con obediencia las decisiones de nuestros superiores.
Deseo contaros lo que me sucedió, recién ordenado obispo. En la primera Asamblea Plenaria de obispos de España un obispo, entrado ya en años y con mucha experiencia, me dijo: “Mira Jesús, procura estorbar lo menos posible al Espíritu”; esto me ha servido mucho en el ministerio episcopal. Cuando he tenido que discernir y decidir sobre algún tema (nombramientos, asociaciones, movimientos, cuestiones pastorales), siempre me acordaba de no estorbar la acción del Espíritu. Supongo que os habréis encontrado también vosotros en muchas ocasiones con este dilema.
3.- El deseo de lo espectacular
«Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo» (2 Re 5, 9). Y éste «envió este un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio» (2 Re 5, 10).
Naamán tenía deseos de lo espectacular; por eso se puso furioso y se marchó diciendo: «Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra» (2 Re 5, 11).
Naamán se sintió humillado y criticó el río Jordán en favor de los ríos de su tierra: «El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio». Dándose la vuelta, se marchó furioso» (2 Re 5, 12).
Ante la reacción primaria de Naamán, por sentirse humillado, se demuestra que la autosuficiencia es pretenciosa. El orgullo y el amor propio esterilizan; la prepotencia aísla. Hasta cabe, como reacción, la respuesta defensiva y violenta, para justificar la instalación en las propias ideas o formas de vivir y actuar.
Dios no actúa de manera espectacular, sino de manera silenciosa, como actuó el Espíritu Santo en la Virgen María. Nuestro ministerio no podemos ejercerlo de manera espectacular; ni debemos pregonar los posibles logros pastorales. A veces escuchamos este comentario de algún sacerdote: “Cuando llegué a mi parroquia apenas venía gente a las celebraciones y ahora está llena”. Y también a veces nos hacemos refractarios al testimonio de los demás, de manera especial si su forma de vivir nos incomoda, nos da inseguridad o nos saca de nuestras costumbres, formas de pensar o afinidades religiosas.
4.- Ningún profeta es aceptado en su pueblo
Jesús no fue aceptado entre sus paisanos, como dijo él mismo: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo» (Lc 4, 24). Pongamos un interrogante a nuestro ministerio si somos bien aceptados por todos.
La Palabra de Dios siempre tiene una grandísima riqueza y da para mucho más que unos pocos puntos; pero os ofrezco esta reflexión por si os puede ayudar. El Señor quiere que trabajemos y que seamos buenos instrumentos dóciles.
¡Que la Virgen nos acompañe en nuestro ministerio para que sea fecundo! Así sea.
