FUNERAL DE MARÍA VICTORIA, HERMANA DEL RVDO. JUAN-MANUEL PARRA
(Parroquia de San Andrés-Torre del Mar, 19 marzo 2026)
Lecturas: 2 Sm 7, 4-5.12.14.16; Sal 88, 2-5.27.29; Rm 4, 13.16-18.22; Mt 1, 16.18-21.24.
1.- Somos hijos de la fe
La liturgia de hoy nos pide que celebremos solemnidad de San José, pero pediremos al Señor por el eterno descanso de nuestra hermana María Victoria, que ha sido llamada a la presencia de Dios para compartir con él la vida eterna con los ángeles y santos, porque este es el destino final de nuestra vida.
Somos hijos de la fe, no somos hijos de la ley. La ley no salva; más bien mata o hace reconocer el pecado; sin embargo, la fe da vida. San Pablo nos ha presentado la figura de Abrahán, nuestro padre en la fe: «En efecto, no por la ley, sino por la justicia de la fe fue hecha a Abraham y su posteridad la promesa de ser heredero del mundo» (Rm 4, 13). Siendo hijo de la fe tenemos una herencia, que es eterna; es la herencia de los hijos adoptivos de Dios.
La fe, don gratuito conferido en el bautismo, le fue otorgada a nuestra hermana María-Victoria, junto con la esperanza y la caridad. Allí empezó su peregrinar en este mundo, hasta hoy, que ha finalizado su camino terrenal, para llegar a la patria definitiva, el cielo. Hoy celebramos el final de su peregrinación y el comienzo de la vida eterna.
2.- Llamados a la vida eterna
La luz del cirio pascual, que hemos encendido al inicio de la celebración, nos recuerda la gran verdad de nuestra vida, llamada a vivir la alegría pascual, a la que nos dispone este tiempo cuaresmal.
Podríamos decir, con San Agustín, que la vida terrena es como la cuaresma con sus penitencias y sufrimientos, que nos dispone para gozar de la pascua eterna en el cielo. La presente celebración la hacemos en cuaresma y hemos de tener presente el tiempo litúrgico.
Somos hijos de Abrahán, que caminó en la fe y Dios le concedió la promesa para él y para toda su posteridad (cf. Rm 4, 16). Como Abrahán, creemos que Dios da la vida a los muertos (cf. Rm 4, 17); y esperamos contra toda esperanza (cf. Rm 4, 18) alcanzar la gloria eterna.
Vivimos en un mundo que no tiene apenas esperanza teologal, aunque ponga su corazón en otras esperanzas o deseos de felicidad caducos. Nosotros, como hijos de la fe, esperamos alcanzar la eterna bienventuranza.
En esta eucaristía pedimos por María-Victoria, para que Dios la acoja en su reino de inmortalidad y de paz.
3.- San José, patrono de la Iglesia
La Iglesia nos presenta hoy la figura de san José, esposo de la Virgen María, «de la que nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16). Él fue un siervo bueno y obediente, haciendo lo que le había mandado el ángel del Señor.
La actitud de un hombre justo y bueno, como José, no puso en evidencia a María, su esposa: «Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto» (Mt 1, 19). Pero el ángel del Señor le desvela el secreto y le anima a tomar sin temor a su desposada en matrimonio (cf. Mt 1, 20).
San José es Patrono de la Iglesia universal, al que tal vez tenemos un poco descuidado en nuestra piedad. Pidamos al Señor que nos conceda la obediencia a la voluntad de Dios, con solicitud y alegría, al estilo de san José.
Y le pedimos que interceda y acompañe a nuestra hermana María-Victoria a la presencia del Altísimo, para que pueda gozar de la bienaventuranza eterna.
La solemnidad de San José dentro de la cuaresma nos ayuda a encontrar un modelo de respuesta generosa a la llamada de Dios, y a saber renunciar a la voluntad propia.
4.- San José, custodio de los planes de Dios
Según los evangelios san José es un personaje sencillo, sin palabras, con poca presencia; pasa desapercibido sin hacer ruido, pero tiene un papel fundamental para el desarrollo del plan salvífico de Dios.
San José fue custodio de los planes de salvación de Dios. Su vida fue un descentramiento de sí mismo para centrarse en lo que Dios esperaba de él; eso era lo más importante. Por eso custodió al Hijo de Dios y a su Madre.
Su actitud de escucha y de disponibilidad servirán para que los primeros años de la vida terrena de Jesús se desarrollen según el designio de Dios. San José es instrumento de Dios, para que llegue la gracia a la humanidad, en colaboración con la Virgen María.
San José pone el plan divino de la encarnación y de la salvación de toda la humanidad por encima de su propio proyecto de vida, situándose en el lugar que Dios requiere de él y obrando como Dios le pide. Él obedece con prontitud, reconociendo que detrás de todo está Dios y su voluntad salvífica, aunque no la comprenda. A veces, no aceptamos la voluntad de Dios, porque no la comprendemos.
Desde esta perspectiva deseo decir una palabra sobre la vida de María-Victoria, hermana de nuestro querido Juan-Manuel, sacerdote diocesano.
La presencia cercana de una hermana es un gran regalo para el sacerdote; y lo digo por propia experiencia. María-Victoria ha estado con su hermano cuarenta y siete años; por ello le agradecemos su dedicación y servicio, su cercanía a su hermano al estilo de san José, ayudando y apoyando su ministerio sacerdotal y, al fin, custodiando los planes de Dios para su Iglesia.
Pedimos a la Virgen Santísima, Nuestra Señora de la Victoria, que acompañe ahora a nuestra hermana para gozar de la pascua eterna. Amén.
