25 ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN DE UNOS SACERDOTES
(Catedral-Málaga, 2 septiembre 2025)
Lecturas: 1 Tes 5, 1-6.9-11; Sal 26, 1.4.13-14; Lc 4, 31-37.
(Tiempo Ordinario XXII - Martes)
1.- XXV Aniversario de ordenación sacerdotal
El Señor nos ha convocado para darle gracias, como decíamos al principio, por el 25 Aniversario de vuestra ordenación, queridos sacerdotes: Antonio-Jesús, José-Antonio, Gerardo, Andrés, Rafael y Damián; sois como el grupo de los apóstoles, aunque no sois doce, y con la misma misión.
El año de vuestra ordenación fue un Año Santo (2000), como perno entre dos siglos, que suelen ser tiempos “milenaristas” propagando que se acaba el mundo; pero el mundo sigue su rumbo. Supongo y espero que vuestro ministerio habrá estado marcado por esta providente circunstancia. El año 2000 celebrábamos la Redención de Jesucristo y el sacerdote ofrece el perdón en nombre del Señor y anuncia la salvación ofrecida por el Redentor. No ofrecemos nada nuestro, sino que actuamos en nombre de Jesucristo.
2.- Llamados para ser enviados
Fuisteis llamados para ser enviados. Ese es el gozo de la vocación, porque el Señor: «Llamó a los que quiso (…) para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14).
Hemos sido llamados y enviados como pastores de la grey de Cristo, único Sacerdote y Pastor Supremo; aunque se nos llame “pastores”, en realidad somos colaboradores del único Pastor, Cristo.
Y hemos sido llamados para servir a la Iglesia, Esposa de Cristo, como ella quiere ser servida; y no como nos gustaría servirla ni donde nos gustaría. Tampoco estamos “esposados” con la Iglesia universal ni con la particular.
Esa Esposa se concreta en las comunidades cristianas, que os han sido confiadas y que debéis transformar en comunidades acogedoras, dinámicas, propositivas, corresponsables y evangelizadoras. ¡Buena tarea! Eso es por alguien dice que los curas no tienen trabajo.
Vuestra misión alcanza todas las dimensiones del ser humano, tanto corporales como espirituales: el anuncio de la salvación, el perdón de los pecados, la defensa de la vida humana y del matrimonio, la promoción integral de la persona, la búsqueda de la justicia, el cuidado de la creación, la consecución de la paz y la solidaridad con los pobres. Son campos inmensos en los que está presente la Iglesia.
En palabras del papa Francisco: «No tengáis miedo de escuchar al Espíritu que os sugiere opciones audaces, no dudéis cuando la conciencia os pida arriesgaros para seguir al Maestro» (Carta a los jóvenes, enero 2017). Es un gran reto.
Deseo agradecer la presencia de quienes nos acompañáis, seáis familiares, amigos, colaboradores; y también que sigáis apoyando y queriendo a vuestros sacerdotes, para que sean mejores cada día.
3.- Celebración jubilar por el Aniversario
En algunos ambientes de nuestra sociedad existe una imagen distorsionada de la Iglesia, fuertes críticas contra ella y un rechazo de la misma. Con humildad hemos de pedir perdón por nuestra fragilidad y por nuestras incoherencias, que afean la imagen de la Iglesia; con nuestra conducta inadecuada, impedimos que otros entren a formar parte de la familia cristiana.
Pero al mismo tiempo hemos de vivir la actitud de la Virgen en el Magnificat, agradeciendo a Dios sus maravillas y confiando en la acción salvadora de Dios.
Hoy es ocasión propicia para hacer ambas cosas. Esta celebración jubilosa brota de la alabanza a Dios, del recuerdo agradecido, del compromiso de seguir consagrándonos al anuncio del Evangelio, de trabajar por la presencia del Reino de Dios y por la transformación del mundo.
Queridos sacerdotes, imitemos a nuestro Maestro, quien «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).
4.- Cristo murió por nosotros para darnos vida
El apóstol Pablo se dirige a los cristianos de Tesalónica para prevenirles de la venida imprevista del «Día del Señor», que «llegará como un ladrón en la noche» (1 Tes 5, 2). ¡Estemos atentos y despiertos, en la espera gozosa de la venida del Señor! ¡Que no nos pille despistados o dormidos, como las vírgenes necias, que no estaban preparadas para recibir al esposo en el banquete de bodas (cf. Mt 25, 1-13)!
Dios nos ha destinado a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, «que murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él» (1 Tes 5, 10). Cristo murió por nosotros para darnos vida; y nos regala su vida por el ministerio de los sacerdotes.
Como dice el Salmo de hoy, «Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida» (Sal 26, 13); quiero «habitar en la casa del Señor por los días de mi vida» (Sal 26, 4).
Por eso deseo animaros con estos pensamientos (cf. 1 Tes 5, 11); y pediros que lo prediquéis con palabras y obras. Vuestro ministerio sacerdotal exige la actitud de espera del Señor y la de anunciar a los hermanos la salvación que Cristo nos ha traído ya.
5.- Jesús enseñaba con autoridad
El evangelista Lucas narra que Jesús expulsó un demonio inmundo de un hombre poseído (cf. Lc 4, 33). Y los presentes «se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad» (Lc 4, 32).
A ejemplo de Jesús, el Maestro, estamos llamados a configurar una Iglesia que camina sinodalmente como pueblo de Dios, que vive la corresponsabilidad, que da protagonismo a todos los bautizados, que nos pide pastorear el rebaño de Dios que se nos ha confiado, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas, sino como modelos del rebaño (cf. 1 Pe 5, 2-3).
Este es todo un programa de vida sacerdotal, que debéis acoger como propio. De ese modo, «cuando aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona inmarcesible de la gloria» (1 Pe 5, 4).
Damos gracias a Dios por el regalo de vuestro ministerio y pedimos a María, bajo la advocación de Virgen de la Victoria, nuestra Patrona, la estrella de la nueva evangelización y la primera discípula del Señor, que nos ayude a dar gracias a Dios por el ministerio de los sacerdotes y a ser discípulos fieles y gozosos de Cristo Sacerdote. Amén.
