SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
(Casa Sagrado Corazón - Málaga, 27 junio 2025)
Lecturas:Ez 34, 11-16; Sal 22, 1-6; Rm 5, 5b-11; Lc 15, 3-7.
1.- En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús las lecturas bíblicas nos presentan la figura del Buen Pastor.
El profeta Ezequiel dice que el Señor Dios cuida de su rebaño: «Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones» (Ez 34, 12).
El Corazón amante de Jesús no puede permitir que sus ovejas se pierdan en medio de las tormentas y de los nubarrones. Vivimos en una época marcada por ideologías contrarias a la fe cristiana; y por unas modas que están lejos de la piedad cristiana.
El Señor nos promete que reunirá a sus ovejas dispersas: «Sacaré a mis ovejas de en medio de los pueblos, las reuniré de entre las naciones» (Ez 34, 13). Y las apacentará en verdes prados: «Las apacentaré en pastos escogidos (…); se recostarán en pródigas dehesas y pacerán pingües pastos en los montes de Israel» (Ez 34, 14).
Estamos ahora celebrando el banquete eucarístico, al que nos convida el Señor, dándonos el mejor alimento que podamos tomar.
2.- Esas ovejas somos nosotros, que buscando la felicidad y el placer nos alejamos de Dios; pero él cuida de nosotros y cura nuestras heridas: «Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma» (Ez 34, 16). Todos podemos ser esa oveja que se ha alejado, que está herida o enferma, que se ha perdido. Y el Señor nos llama y nos recoge a cada uno donde estemos.
Así nos lo ha recordado el Salmo 22: «El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas» (Sal 22, 1-2).
El Señor guía nuestros pasos, aunque vayamos por cañadas oscuras (cf. Sal 22, 4); y nos alimenta con su cuerpo y sangre, ofrecidos en la cruz para nuestra salvación.
Como Buen Pastor nos acompaña y nos invita a habitar en su casa (cf. Sal 22, 6).
3.- San Pablo nos ha hablado del amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5). Cristo, el Buen Pastor, nos ha amado hasta el extremo (cf. Jn 13, 1); hasta dar su vida por nosotros en la cruz. «Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5, 8).
Estamos celebrando el Jubileo 2025 como un tiempo de gracia y de misericordia, en el que Dios perdona nuestros pecados. Hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (cf. Rm 5, 10). Demos gracias a Dios por ello.
El sagrado Corazón de Jesús, del que salió sangre y agua, como dice el testigo san Juan (cf. Jn 19, 34), nos ofrece su misericordia. El Jubileo es un tiempo para reconciliarse con Dios; porque él nos reconcilió mediante su Hijo (cf. 2 Co 5, 18). Cristo nos ha amado tanto, que ha entregado su vida por nosotros. Demos gracias a Dios por ello.
Esta Casa del Sagrado Corazón ha sido designada como templo jubilar, además de la Catedral, donde los fieles pueden venir a lucrar la indulgencia plenaria; porque aquí viven los más pobres. Por ello está siendo un manantial de gracia y de perdón para quienes peregrinan aquí, queriendo reconciliarse con Dios y pedir su perdón.
Deseo agradecer a los voluntarios de esta Casa, que ofrecéis cada uno lo que puede: su tiempo, sus bienes, su actividad. Y lo ofrecéis de corazón, desde el Corazón de Cristo al corazón de los demás. El Señor sabe recompensar infinitamente lo que hacemos por los demás, porque se lo hacemos a él.
4.- En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se nos invita a cuidar nuestro corazón, aprendiendo del Maestro, que es manso y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29).
Hemos de contemplar el Corazón de Cristo, para que el nuestro sea semejante al suyo. Hemos de cuidar y guardar nuestro corazón, manteniéndolo limpio y abierto al Señor; porque, aunque el hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón. Dejémonos contagiar por el Corazón de Cristo, que arde de amor; si nos acercamos a él, nuestro corazón se inflama en amor.
Dejemos que su imagen se grabe en nuestro corazón; en él vemos su humildad, su pobreza, su generosidad, su obediencia al Padre. Las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-11) son como la radiografía del corazón de Cristo: obediente, misericordioso, paciente, humilde.
Nuestro corazón tiende a ser posesivo; pero el Señor nos da un corazón que se entrega a los demás, que sale de sí mismo para acudir a los otros. Pedimos al Señor que nos conceda un corazón nuevo, abierto, puro, grande y limpio; un corazón que confía en su misericordia.
5.- Nuestro corazón debe estar siempre habitado por el Espíritu Santo, del que somos templos. El corazón fuerte está habitado por la presencia del Señor; san Pablo nos exhorta a ello: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento» (Ef 3, 17). Debemos ser aprendices del divino Maestro a quien le pedimos: “Sagrado Corazón de Jesus, danos un corazón semejante al vuestro" (Repetid).
El papa Benedicto XVI nos recordaba que “las raíces de esta devoción se hunden en el misterio de la Encarnación: precisamente a través del Corazón de Jesús se manifestó de manera sublime el Amor de Dios hacia la humanidad. Por este motivo, el auténtico culto al Sagrado Corazón mantiene toda su validez y atrae especialmente a las almas sedientas de la misericordia de Dios, que en él encuentran la fuente inagotable, en la que pueden sacar el agua de la Vida, capaz de regar los desiertos del alma y de hacer que vuelva a florecer la esperanza” (Vaticano, Angelus, 25.06.2006). El Sagrado Corazón es fuente inagotable de amor y de misericordia. ¡Acudamos a ella!
6.- Hemos de permitir que Cristo viva en nosotros, como dice san Pablo: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Pedimos al Sagrado Corazón de Jesús que continúe ofreciéndonos la misericordia y el amor del Padre; y que nos permita seguir acogiéndole a él, al cuidar y acoger al hermano necesitado.
Así lo vivió la Virgen María, quien conservó las palabras de su Hijo Jesús en su corazón (cf. Lc 2, 19). Junto al corazón amante de Cristo se encuentra siempre el Corazón Inmaculado de María, su Madre, que sigue velando maternalmente sobre nosotros, y a quien pedimos su intercesión poderosa para ser fieles a la vocación cristiana.
Repetimos todos: “Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío”. Amén.
